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Dice el Evangelio que una mujer llamada María derramó un perfume carísimo de aroma agradable sobre los pies de Jesús, como una muestra de su amor y agradecimiento, sin importarle el precio. De igual manera, el apóstol Pablo pide a los creyentes: “Sed, pues, imitadores de Dios, como hijos queridos, y vivid en el amor como Cristo os amó y se entregó por nosotros como oblación y víctima de suave aroma” (Efesios 5:1 y 2).

María es recordada hoy en día por su acción con la fragancia, pues Jesús la exaltó frente a quienes la criticaron. Seguramente Cristo la recordó por el resto de su vida. En nuestra vida, ¿Cuál puede ser un aroma agradable para el Señor? ¿Cómo puede Él recordarnos?

La oración y la adoración son momentos de íntima conexión con Dios, en un espacio-tiempo en el que un olor fragante sube hasta la presencia de nuestro Creador. La santidad es una forma de elevar al Señor un perfume agradable. Él puede percibir cuando andamos en camino recto para vida, o en camino de pecado para muerte. “Pues nosotros somos para Dios el buen olor de Cristo entre los que se salvan y entre los que se pierden: para los unos, olor que de la muerte lleva a la muerte; para los otros, olor que de la vida lleva a la vida” (2 Corintios 2:15-16).

La sabiduría de Salomón nos dice: “Así como las moscas muertas apestan todo un frasco de perfume, una pizca de necedad arruina gran sabiduría y honor” (Eclesiastés 10:1). San Pablo, más de veinte años después de la muerte y resurrección de Jesucristo, enseñó de igual manera a los Gálatas “Un poco de levadura fermenta toda la masa” (Gálatas 5:9), es decir, un poco de pecado echa a perder nuestra santidad, nuestra unión con Dios, y nos separa de Él.

Cada día de santidad delante del Señor es una fragancia nueva que añadimos al perfume que ofrendamos para Él. Nuestra vida puede ser derramada a sus pies, en aroma perfecto, si le amamos con todo el corazón, con toda nuestra mente y con toda nuestra alma.