Oyó Jesús que le habían expulsado; y hallándole, le dijo: ¿Crees tú en el Hijo de Dios? Respondió él y dijo: ¿Quién es, Señor, para que crea en él? Le dijo Jesús: Pues le has visto, y el que habla contigo, él es. Y él dijo: Creo, Señor; y le adoró. Dijo Jesús: Para juicio he venido yo a este mundo; para que los que no ven, vean, y los que ven, sean cegados.

Entonces algunos de los fariseos que estaban con él, al oír esto, le dijeron: ¿Acaso nosotros somos también ciegos? Jesús les respondió: Si fuerais ciegos, no tendríais pecado; mas ahora, porque decís: Vemos, vuestro pecado permanece. Palabra de Dios en Juan capítulo 9 versículos 35 a 41.

 Son muchas las personas que, a veces sin saberlo, buscan a Dios porque buscan su felicidad y esa felicidad solo la pueden encontrar en Dios, porque su corazón está hecho por Él y para Él.  Un sacerdote amigo me recordaba el otro día un texto  de san Agustín que decía “Ya estás tú en sus corazones, en los corazones de los que te confiesan, y se arrojan en ti, y lloran en tu seno a vista de sus caminos difíciles porque eres tú, Señor, y no un hombre de carne y sangre; eres tú, Señor, que los hiciste, quien los restablece y consuela”. Sin embargo, también hay quienes esperan encontrar la felicidad en otra parte, como si el Dios de los cristianos fuera la competencia de sus ansias de felicidad. En realidad,  muchos le están buscando a Él: y se encuentran solo con la sombra de Jesucristo, porque a Cristo no lo conocen, ni han visto la belleza de su rostro, ni saben la maravilla de su doctrina.

¿Crees tú en el Hijo de Dios? pregunta Jesús al ciego de nacimiento, que ha recobrado ya la vista. En todos los rincones del mundo hay hombres y mujeres que, en el fondo de la indiferencia o de la hostilidad que puedan mostrar hacia la fe, esperan quien les indique dónde está Dios, dónde está el que puede iluminar sus ojos y saciar su sed. Esto queda retratado en un texto de un autor cristiano que nos habla de Abraham  “Cuando, siguiendo el ardiente deseo de su corazón, peregrinaba por el mundo preguntándose dónde estaba Dios, y comenzó a flaquear y estaba a punto de desistir en la búsqueda, Dios tuvo piedad de aquel que, solo, le buscaba en silencio”. A los que buscan a Dios, a cada uno de ellos, debemos llegarnos los cristianos, con el convencimiento humilde y sereno de que sabemos de Aquel a quien buscan, aunque también nosotros constatemos tantas veces que aún no le conocemos bien. A todos los cristianos el Señor nos dice: “vosotros sois la luz del mundo” y nos encarga “dadles vosotros de comer”.

El Evangelio es una respuesta que llega a lo más profundo del ser humano. Es la verdad que no pasa de moda porque es capaz de penetrar allí donde nada más puede llegar, porque alcanza a iluminar toda la existencia del hombre, a diferencia de los saberes humanos, que solo consiguen esclarecer algunas dimensiones de la vida. Pero es cierto también que esta luz que brilla en las tinieblas se encuentra con frecuencia con la frialdad de un mundo que tiene por real solamente lo que se puede ver y tocar, lo que se deja ver a la luz de la ciencia o del consenso social. Por una inercia cultural de siglos, la fe se percibe a veces como un salto que damos en el vacío, por falta de luz, movidos por un sentimiento ciego; o como una luz subjetiva, capaz quizá de enardecer el corazón, de dar consuelo íntimo, pero que no se puede proponer a los demás.

Hay quien tiene ojos y no sabe ver y por eso camina por el mundo a tientas. La ceguera espiritual de muchos es, algunas veces, la desgracia de todos. Los guías ciegos que no pueden llevar a nadie a la luz porque son incapaces de ver ellos esa misma luz que, en ocasiones, predican sin creer de verdad en ella.

Esa ceguera que distorsiona la verdad del evangelio y lo convierte en el lastre de la vida de tantos que confiados en hombres se alejan de lo que verdaderamente sana y salva: el Amor de Dios reflejado en la Sangre Preciosa de Cristo que se derrama hasta la última gota para que nosotros, liberados del pecado por ese grande Amor del Padre podamos dirigirnos a una vida plena a la luz del evangelio.

En un librito escrito en el siglo XIV por Tomás de Kempis, IMITACIÓN DE CRISTO,  se leen algunas reflexiones cristianas que deben presidir nuestra vida como siervos del Señor. Esta que quiero recordar hoy a mi, particularmente, me impacta:

“Mas así lo ordenó Dios, para que aprendamos a llevar las cargas unos de otros. Porqué no hay ninguno sin defecto, ninguno sin carga, ninguno es autosuficiente, ninguno es sabio para si. Y por tanto, conviene llevarnos, consolarnos y juntos ayudarnos unos a otros, instruirnos y amonestarnos”

Ser unos luces para los otros y no considerarnos jamás mejor que nadie.