Cuando compartimos la palabra sembramos el evangelio en los oyentes y, como ayer reflexionaba, tratamos de ser luz en un mundo de sombras. Un día, después de predicar en Guadalajara, un hombre que había ido por primera vez a la iglesia me dijo ¿Y tú, que tanto hablas, te sientes redimido? Y solo pudo responderle que me siento en camino por la Gracia y la Misericordia de Dios y mi total adhesión a ellas.

Porque la Redención consistió y consiste en la revelación de un Rostro y un Camino. Solo quien busca ese Rostro y anda ese Camino se redime y se salva, es decir, se realiza como ser humano y encuentra el sentido de su vida. Así de simple y así de complejo.

Todos los ritos de las iglesias o son exactamente para eso o se convierten en árboles que no dejan ver el bosque. Muchas personas terminan por huir de esa arboleda que les aprisiona y confunde. Otras van decayendo lentamente ante una religión que somete y no alimenta.

Insisto y seguiré insistiendo mientras pueda: La Redención está en la Luz y no en la cruz. Ésa la pusieron los asesinos y, de ningún modo, fue querida o impuesta por el Padre como expiación.

¿Cómo puede extrañarnos que a los primeros cristianos, convertidos del judaísmo, se les filtrara una explicación judaica ante la espera de un Mesías liberador, ajusticiado como un esclavo? Ellos no pudieron caer en que Dios nos tiene perdonados desde la eternidad y no busca más que nuestro regreso a sus brazos.

La parábola del hijo pródigo que viene a ser la síntesis del evangelio,  les pasó mucho más desapercibida que la abrumadora frustración de un patíbulo, para ellos solo explicable como holocausto.

Hoy, desatados de la rígida literalidad de la Escritura y de sus incrustaciones judaicas, solo podemos escribir Cruz cuando se convierte en Luz, deja de ser ensangrentado patíbulo y se convierte en progresivo Camino de salvación. Y los caminos hay que caminarlos.

Hoy no podemos besar y abrazar la cruz que era y es una horrenda e inhumana herramienta de tortura, salvo que tengamos claro que la Cruz es el símbolo y síntesis de los valores genuinamente cristianos.

Besar y abrazar la Cruz no significa expresar la sentimentaloide tristeza por el Justo ajusticiado por mis pecados. Ni estremecerse con las interesadas reproducciones del celuloide o la imaginación. Mucho menos pretender repetir sus dolores y horrores voluntariamente y caer en un masoquismo desequilibrante como hacen algunos pobres ignorantes en semana santa clavándose las extremidades o azotándose hasta sangrar.

Besar, abrazar y dar sentido a la Cruz supone una real y firme adhesión a los valores por los que el Crucificado prefirió morir a aparcar su misión. Adhesión que nos llevará a morir también nosotros antes que traicionarlos. El Dios de los cristianos se hizo humano para mostrarnos el Camino de la Luz, es decir, de la humanización de la persona y del mundo. Esa es la realidad, bien racional y bien concreta.

La cruz no es el altar en que se ofrece al Padre la víctima propiciatoria para el perdón de los pecados. Sigue siendo doctrina judía. Sería un disparate de "dios" y una falsedad enorme. Cuando llegue mi hora no podré dar excusas si he predicado una palabra adulterada porque me reprochará mí Señor y Juez  la misma tozudez, rigidez y frialdad que los que crucificaron al Señor. La historia se repite.

Ni existe un mediador que arranca con su sacrificio la redención y regeneración del género humano. Un Dios mediando ante Dios, ¿Puede alguien explicar semejante dislate? Puro retorcimiento mental de pobres  hombres irracionales atrapados y atados por las letras escriturarias. La mediación de Cristo es ante nosotros los hombres y no ante Dios, que no necesita mediadores porque está dentro de nosotros. Él mismo nos lo dijo.

La Cruz es el símbolo y resumen de la escalera de luz que el Hijo ha desplegado hasta el pozo de degradación en que el Hombre estaba, y aún está metido.

Solo se regenera y salva quien hace el esfuerzo de subir por esa escala. Ni sacrificios, ni méritos, ni pagos, ni dispensas, ni bulas. ¡Puro amor gratuito de un Dios Amor que baja al mundo para cogernos de la mano!

El dolor de la cruz nunca fue querido por el Padre, fue y es la perversión humana la que inventó la injusticia y la tortura, que el Padre tuvo y tiene que soportar para no eliminar nuestra libertad asesina. Porque Dios nunca se desdice y siempre respeta su obra.

Por eso el dolor de la cruz no nos salva, lo que salva es el mantenimiento de una esperanza luminosa y sanadora aún en el túnel del dolor irremediable. Es la espiritualidad de Cristo, su esperanza, sus valores, su solidaridad con el que sufre, el contenido de su predicación, lo que puede sanarnos y librarnos de la degradación.

Bastaría observar la realidad para darnos cuenta de que no estamos redimidos, ni en conjunto como iglesias ni personalmente como individuos. Solo la adhesión e inmersión en esa espiritualidad de Cristo nos puede redimir, nos puede transformar, nos puede humanizar. Y cuánto deberíamos repetir esta verdad, para llegar a ser Luz.

Tenemos que predicar en contra de esas doctrinas que están volviendo a crucificar a Cristo, como antiguamente, en el cuerpo y mente del Pueblo de Dios cada día. Y, como respuesta a ese hombre que me interpeló al finalizar el culto de aquel domingo en Guadalajara: Lo intento cada día y por Su Gracia y por Su Misericordia, solamente por eso, quiero estar en su camino. En Su Luz.