Acercándose uno de los escribas, que los había oído disputar, y sabía que les había respondido bien, le preguntó: ¿Cuál es el primer mandamiento de todos?  Jesús le respondió:

El primer mandamiento de todos es: Oye, Israel; el Señor nuestro Dios, el Señor uno es.  Y amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, y con toda tu alma, y con toda tu mente y con todas tus fuerzas. Este es el principal mandamiento. Y el segundo es semejante: Amarás a tu prójimo como a ti mismo. No hay otro mandamiento mayor que éstos. Entonces el escriba le dijo: Bien, Maestro, verdad has dicho, que uno es Dios, y no hay otro fuera de él;  y el amarle con todo el corazón, con todo el entendimiento, con toda el alma, y con todas las fuerzas, y amar al prójimo como a uno mismo, es más que todos los holocaustos y sacrificios.  Jesús entonces, viendo que había respondido sabiamente, le dijo: No estás lejos del reino de Dios. Y ya ninguno osaba preguntarle. Palabra de Dios en Marcos capítulo 12 versículos 28 a 34.

Ayer, junto a unos hermanos de la Ong Remar, fuimos a la Plaza Mayor de Madrid para repartir unos sándwiches con bebidas calientes y a dar un poco de amor a las personas que, por diferentes causas, han terminado viviendo en las calles. No quiero juzgar en este editorial ni a esas personas ni a la sociedad porque, como decía, hay muy diferentes causas para esa terrible situación pero sí que quiero incidir en algunos aspectos de la condición humana.

En diciembre de 1790 Robespierre proclamo aquello de libertad, igualdad y fraternidad que, sin proponérselo, nos ayudan a comprender nuestra condición cristiana y no es menos cierto que forman parte de la mente sociopolítica occidental desde entonces.  Estas tres palabras se han constituido en referentes que miden la dinámica sociopolítica de nuestros pueblos. El 10 de diciembre de 1948, la Asamblea General de las Naciones Unidas aprobó el texto de la Declaración Universal de los Derechos Humanos, proclamando en su artículo 1 que: «todos los seres humanos nacen libres e iguales en dignidad y derechos y, dotados como están de razón y conciencia, deben comportarse fraternalmente los unos con los otros».

Hoy en día estamos viviendo una época de reordenamiento de los espacios y las relaciones sociales, afectando el modo como nos tratamos y las expectativas que tenemos acerca del futuro. El talante fraterno que da sentido al ejercicio de la libertad y a la lucha por la igualdad se ha perdido, generando significativas consecuencias en lo sociopolítico y económico. Los discursos públicos manipulan las nociones de libertad e igualdad, y los privados se burlan de la fraternidad. Muchos no quieren aceptar que lo que está en juego es nuestra propia humanización. Basta con discernir el modo como nos estamos tratando los unos a los otros.

Según un estudio que he encontrado en internet y que está validado por los datos de diferentes ministerios en Francia, el valor de la libertad contaba en el estudio de 2008 con un 53% de aceptación sobre el de la igualdad que alcanzaba sólo un 32%. Hoy, en 2018 estas cifras muestran una clara inversión, y la igualdad adquiere un rango de prioridad en la preferencia social del 57% sobre la libertad que cuenta con el 40% ¿Podemos leer esta inversión como un dato positivo? A mi modo de ver  expresa una conciencia emergente del modo como nos relacionamos y las expectativas que tenemos pero ¿por qué no aparece la fraternidad?

La noción de libertad ha ido quedando reducida a un ejercicio de valoración y defensa de los espacios privados propios, dada la imposibilidad de encontrar condiciones estructurales que favorezcan el logro de objetivos sociales y económicos que permitan una sana movilidad social y un bienestar económico en la vida de la mayoría de las personas. A la vez, se ha venido asumiendo, en la práctica, un nuevo consenso por el que la conservación y la organización del espacio público es entendido como responsabilidad exclusiva de la autoridad política elegida en contextos de gobiernos centralistas o totalitarios que no promueven la corresponsabilidad individual.

Hemos olvidado la trascendencia del valor de la libertad, reduciéndolo a un mero acto de elegir o de hacer lo que sea sin límite alguno. Como consecuencia, seguirá creciendo la intolerancia y la anarquía.

No somos iguales porque existan políticas de homologación social, económica o política que anulen las diferencias propias de cada persona. Somos iguales en la medida en que cada sujeto vive en las mejores condiciones humanas posibles, permitiendo el desarrollo pleno de «toda» la persona y de «todas» las personas en un mismo espacio común, independientemente de su posición social, política o religiosa. Esto se da potenciando lo propio y diferente de cada uno. La igualdad es viable en el marco del respeto y la promoción de las diferencias, en razón de la dignidad humana natural a cada persona.

Repensar estos valores, como son la libertad y la igualdad, desde la condición cristiana, parte de no asumirlos como absolutos. Éstos son siempre relativos al espíritu fraterno con el que se practiquen. La praxis de Jesús nos ilumina al respecto al colocar a la fraternidad como el único camino absoluto que permite alcanzar una vida auténtica y plena.

El talante fraterno con el que vivamos será la medida de nuestro compromiso con el desarrollo de todo el sujeto humano y de todos los sujetos humanos, sin excepción ni discriminación. La fraternidad es posible en el marco del reconocimiento de la dignidad humana, como una cualidad que nos humaniza recíprocamente, e independiente de toda posición ideológica, estatus socioeconómico o condición moral. Es el espíritu fraterno el que nos impulsa a luchar por la igualdad mediante el ejercicio de prácticas sociopolíticas, económicas y religiosas que favorezcan modos de tratarnos que nos humanicen. La fraternidad nos impulsa a construir condiciones de vida digna en el marco de un estado de derechos y deberes, y no sólo de derechos.

Sólo desde el amor verdadero el cristiano descubre que es libre porque construye su propia historia con los otros y para los otros, pero la construye desde lo más propio y genuino de sí mismo, y en las mejores condiciones humanas posibles a ambos, como lo revela la praxis de Jesús.