El que tiene mis mandamientos, y los guarda, ése es el que me ama; y el que me ama, será amado por mi Padre, y yo le amaré, y me manifestaré a él. Le dijo Judas (no el Iscariote): Señor, ¿cómo es que te manifestarás a nosotros, y no al mundo?

Respondió Jesús y le dijo: El que me ama, mi palabra guardará; y mi Padre le amará, y vendremos a él, y haremos morada con él. El que no me ama, no guarda mis palabras; y la palabra que habéis oído no es mía, sino del Padre que me envió. Os he dicho estas cosas estando con vosotros. Mas el Consolador, el Espíritu Santo, a quien el Padre enviará en mi nombre, él os enseñará todas las cosas, y os recordará todo lo que yo os he dicho. La paz os dejo, mi paz os doy; yo no os la doy como el mundo la da. No se turbe vuestro corazón, ni tenga miedo. Habéis oído que yo os he dicho: Voy, y vengo a vosotros. Si me amarais, os habríais regocijado, porque he dicho que voy al Padre; porque el Padre mayor es que yo. Y ahora os lo he dicho antes que suceda, para que cuando suceda, creáis. No hablaré ya mucho con vosotros; porque viene el príncipe de este mundo, y él nada tiene en mí. Mas para que el mundo conozca que amo al Padre, y como el Padre me mandó, así hago. Levantaos, vamos de aquí. Palabra de Dios en Juan capítulo 14 versículos 21 al 31.

En los últimos meses la situación en Cataluña ha enervado seriamente la convivencia ciudadana en todo el país llegándose a un frentismo abierto que no recordaban los viejos del lugar desde los años anteriores a la terrible guerra civil. Desde algunos sectores se preparaban, incluso, para un enfrentamiento armado aunque el solo planteamiento de la posibilidad pueda parecer un disparate. Y muchos entraron al trapo de la confrontación dialéctica.

La paz no la traen las ideologías políticas, si no que  es fruto de la opción que cada uno haga por vivir con humanidad y comprometernos a sanar la sociedad al ir reconciliando todas aquellas relaciones fracturadas que solo prolongan la división y el odio entre hermanos y hermanas. Para los cristianos el evangelio de Mateo es muy claro en este discernimiento: «si te acuerdas de que un hermano tuyo tiene algo contra ti, deja tu ofrenda allí, y vete primero a reconciliarte.

Elegir este modelo de construir la paz no resulta sencillo pues supone que la reconciliación se vive como un proceso que se va construyendo en el tiempo a partir de la práctica de la justicia y la corrección fraterna. Quien opta por este modelo de paz se va a encontrar ante un verdadero conflicto de fidelidades porque exige la coherencia moral para rechazar los sistemas e ideologías que están anclados en la lógica del poder por el poder mismo, y que hace de todo aquel que piense distinto un objeto de sumisión y degradación. Y todo ello te puede llevar a conflictos interiores y exteriores muy poderosos.

El verdadero cristiano debe estar siempre del lado de las víctimas, defendiéndolas de la impiedad del victimario y del verdugo. Por ello, entiende que no hay paz verdadera sin consecuencias sociales porque no hay paz sin justicia. En los tiempos de Jesús este dilema también estaba  y las comunidades cristianas se vieron en la obligación de discernir y tomar una decisión que les cambió la vida llevando a muchos al martirio y a todos a ser perseguidos. César Augusto, el Emperador Romano, había unificado a Roma prometiendo traer la  paz al mundo, esa PAX ROMANA que llegaba por medio del control y la dominación total, una paz a medida de los intereses del imperio. Una paz que se basaba en un sistema jurídico que defendía sólo a los suyos y actuaba con impiedad con quienes se le oponían. Es la paz que ofrecen todos aquellos que sólo buscan el poder y no ven más allá de su propia ambición. Es la paz de quien quiere que el otro calle para que no exija sus derechos. Es la paz contraria a Jesucristo.

Es este contexto sociopolítico tan difícil en el que vemos la experiencia de persecución de los primeros cristianos el que nos puede enseñar mucho. La comunidad de Mateo decía que no habrá paz social sin justicia: bienaventurados los que trabajan por la paz, porque ellos serán llamados hijos de Dios y los perseguidos por causa de la justicia, porque de ellos es el Reino. El mensaje es claro: el reino de César,  considerado el hijo divino de Apolo, no ofrecía la verdadera paz, aunque la proclamara. Su modo de gobernar se oponía al Dios de la vida y de la justicia que Jesús había enseñado. Era un modelo que atentaba continuamente en contra del ser humano y su bienestar, tanto mental como físico.

Frente a la paz sectaria e inhumana que traían las legiones romanas del Cesar, el evangelio de Lucas también hace un discernimiento y propone otra forma de entenderla. Nos la muestra a través  de las legiones angélicas que aparecen en el relato del nacimiento de Jesús. Estas legiones simbolizan la opción que Dios mismo hace por una sociedad justa y desarmada, para que la violencia y la impunidad no reinen. Lucas creía en una paz para todos, antes que para un grupo solamente.

Los primeros cristianos, en medio de la violencia del Imperio romano, no sólo entendieron que el camino de la paz pasaba por un compromiso con la justicia, sino que Dios había escuchado el clamor de su pueblo, porque Dios mismo se oponía al Emperador y al poder totalitario que ejercía. Dios nunca está del lado del victimario. Él siempre apuesta por las víctimas y por la restitución de las condiciones de una vida digna para todos.