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Entonces habló Jesús a la gente y a sus discípulos, diciendo: En la cátedra de Moisés se sientan los escribas y los fariseos. Así que, todo lo que os digan que guardéis, guardadlo y hacedlo; mas no hagáis conforme a sus obras, porque dicen, y no hacen.

Porque atan cargas pesadas y difíciles de llevar, y las ponen sobre los hombros de los hombres; pero ellos ni con un dedo quieren moverlas. Antes, hacen todas sus obras para ser vistos por los hombres. Pues ensanchan sus filacterias, y extienden los flecos de sus mantos; y aman los primeros asientos en las cenas, y las primeras sillas en las sinagogas, y las salutaciones en las plazas, y que los hombres los llamen: Rabí, Rabí. Pero vosotros no queráis que os llamen Rabí; porque uno es vuestro Maestro, el Cristo, y todos vosotros sois hermanos. Y no llaméis padre vuestro a nadie en la tierra; porque uno es vuestro Padre, el que está en los cielos. Ni seáis llamados maestros; porque uno es vuestro Maestro, el Cristo. El que es el mayor de vosotros, sea vuestro siervo. Porque el que se enaltece será humillado, y el que se humilla será enaltecido. Palabra de Dios en Mateo 23 versículos 1 al 12.

Analizaba ayer las audiencias y la parrilla de un canal de TV que, casi siempre, está en lo más alto de la aceptación popular y veía que su presentador estrella ocupa casi la cuarta parte de las horas de emisión con una preparación de los contenidos muy escasa pero con una gran aprobación de su público. Un hombre mediocre y de aspecto mediocre convertido en líder de opinión. Le conocí personalmente hace 20 años y nada hacía presagiar ese éxito.

Buscar nuestro lugar en el mundo. Pedir a Dios que nos ilumine para saber qué hacer en cada momento, en cada lugar. Esas filacterias que a veces se nos prenden en nuestra forma de ser y nos lastran como pueden ser el poder y la vanidad, esa mundanidad espiritual de buscar la propia gloria y  no la del único merecedor, nuestro Señor Jesús.  Estas palabras, poder y mundanidad espiritual, se fijan en la mente y se convierten en slogans, a veces inconscientes.

Detrás de la compulsión a opinar de todo, a hablar y hablar sin mirar lo que uno en realidad hace, está la palabra falso. Dicen pero no hacen: son unos falsos.

Detrás de la pretensión de que otros cumplan la ley mientras que uno no mueve un dedo está la palabra vivo. Los que cargan con pesadas cargas a los demás, son unos vivos. Unos caraduras.

Detrás del hacer todo para que los vean está la palabra máscara. Son unos transformistas.

Detrás del buscar siempre el primer puesto, está la palabra trepador. Son unos trepadores.

Detrás del hacerse llamar maestro y de buscar ser saludados está la palabra creído. Los que viven de títulos y para los titulares son unos engreídos.

Los conceptos son claros, pero en nuestro mundo la cosa no es tan simple como en los tiempos de Jesús. En ese entonces no existían los medios de comunicación. El vanidoso, tenía que salir a la plaza con sus filacterias y exponerse al contacto directo con la gente. Hoy es más difícil ver en vivo y en directo a un poderoso o a un famoso. No suelen salir a la plaza ni darle la mano a la gente uno por uno. No se arriesgan a que cualquiera les diga cualquier cosa o les saque un cartel para la foto. Los vemos a través de los medios. Y son a veces medios que ellos han aprendido a manipular. Por tanto, hace falta discernimiento.

Hoy me he puesto a reflexionar y son reflexiones que me hago a mismo, sin intención de dar clases a nadie, ya que el Señor nos dice que no hace falta que seamos maestros ni doctores porque cada uno del pueblo de Dios tiene su Maestro interior que es el Espíritu Santo.

A mí me parece que los falsos” de hoy no son los que dicen pero no hacen. No es tan directa la cosa. Hoy la falsedad trabaja con estadísticas científicas. Se estudia lo que piensa la gente y se elabora lo que algunos conocen como Índice de Incoherencia Tolerable para el común de la sociedad, y con eso se crean slogans que a la gente le gustan, dando por supuesto que nadie pretenderá exigir que se realice todo lo que se dice.  Así la falsedad entra en un terreno común, aceptado por todos. Y lo hacen los políticos y algunos religiosos también.

Ahora bien, cada uno tiene que discernir por sí mismo, con la ayuda del Espíritu, cómo está este índice de incoherencia en su vida personal. Para ello, uno tiene que dejarse conducir humildemente y exponerse a las exigencias de esta escuela del Espíritu.

Nosotros no llevamos cajitas atadas en la frente con nuestras palabras preferidas como pude ver en el muro de las lamentaciones, pero se nos leen como si fueran un cartel luminoso. Se puede adivinar lo que pensamos midiendo las audiencias de los programas de TV, las palabras que buscamos en internet, lo que opinamos en las encuestas… Cruzando multitud de datos se establece ese índice de incoherencia tolerable para la sociedad y cada uno lo ve reflejado, con satisfacción, cada vez que alguien se mueve en el límite aceptado y, como quien no quiere la cosa, avanza en ello un poco más.

Hace poco veía un programa de TV en el que el presentador se movía con soltura en esa frontera entre lo tolerable y lo inadmisible, mezclando malas palabras con verdades científicas y tejiendo silogismos falaces de manera tal que yo mismo me quedé escuchando como hipnotizado. Uno puede seguir una noticia a lo largo de varios meses y ver cómo se van instalando frases para que uno saque sus conclusiones.  La post verdad. No hace falta que alguien mienta directamente.

Ahora bien, esta retórica sofística, esta ciencia de manipular a la sociedad, ya la desenmascaró Sócrates 400 años antes de Cristo. El mejor orador debe ser un artista perfecto, cumpliendo su objetivo cuando consiga hacer creer a toda persona que le oiga lo que desee, cuando le haga creer que lo malo es bueno y viceversa, que quema lo frío y congela lo caliente.

Sin embargo, actualmente, esta ciencia transversal, que influye en todos los demás temas: judiciales, políticos, religiosos, culturales…, adquiere cada vez más poder.

El punto es que esta ciencia trabaja con lo que nosotros pensamos y sentimos. No es que nos obliguen. El problema es más hondo que el que haya alguien que se aproveche y nos engañe. El problema es que pensamos incoherentemente porque vivimos incoherentemente y esto es lo que miden los medios para controlarnos..

Pero, con la ayuda de Dios, cada uno puede hacer cambios importantes en sus vidas y en la sociedad.

Cada uno debe trabajar, día a día, por tolerar menos incoherencia en su propia vida. No es cuestión de agrandar las filacterias, sino de encontrar nuestra palabra justa, esa que el Señor nos regala para incidir de verdad en la vida de nuestros hermanos mediante el servicio humilde.

Mi abuela decía que el que se alaba a sí mismo es porque no se conoce de verdad. Un siervo de Cristo que se acomoda y se cree  mejor que El Maestro no es un siervo, es un fraude.