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Y entraron en Capernaum; y los días de reposo, entrando en la sinagoga, enseñaba. Y se admiraban de su doctrina; porque les enseñaba como quien tiene autoridad, y no como los escribas.

Pero había en la sinagoga de ellos un hombre con espíritu inmundo, que dio voces, diciendo: !!Ah! ¿qué tienes con nosotros, Jesús nazareno? ¿Has venido para destruirnos? Sé quién eres, el Santo de Dios. Pero Jesús le reprendió, diciendo: !!Cállate, y sal de él! Y el espíritu inmundo, sacudiéndole con violencia, y clamando a gran voz, salió de él. Y todos se asombraron, de tal manera que discutían entre sí, diciendo: ¿Qué es esto? ¿Qué nueva doctrina es esta, que con autoridad manda aun a los espíritus inmundos, y le obedecen? Y muy pronto se difundió su fama por toda la provincia alrededor de Galilea. Palabra de Dios en Marcos capítulo 1 versículos 21 a 35.

Cállate. Es la tercera  palabra imperativa de Jesús que encontramos en el evangelio de Marcos.

Antes había dicho: Creed. Una palabra de Jesús para todo el pueblo fiel de Dios, para toda la gente de buena voluntad: Convertíos y creed.

La segunda fue: Seguidme. Se la dijo a los discípulos, a sus primeros amigos, a los que querían estar con Él, quedarse en su compañía: Seguidme y yo os convertiré en pescadores de hombres.

La tercera, se la dice al mal espíritu: Cállate. Cállate y sal de ese pobre hombre.

Me viene al corazón aquí el Tomad y comed. Haced esto en memoria mía. Ese es el imperativo más cariñoso de nuestro Señor, que nos alimenta cada día con su palabra que debe ser el pan nuestro de cada día.

El origen de todo está en un único imperativo del Padre: Escúchenlo.  Es mi Hijo amado, escuchen a mi Hijo predilecto. Él les enseñará todo lo que hay que saber.

Este mandamiento del Padre se concreta maternalmente con el de María en las bodas de Canaan: Hagan todo lo que Él les diga.

En el abrazo de estas dos recomendaciones se inscriben todos los imperativos de Jesús.

Además de los imperativos positivos, a los que podemos añadir los de perdonar, no juzgar, dad… están también las sugerencias del Señor. Toman la forma de las bienaventuranzas: dichoso el que cree sin ver, dichosos los que trabajan por la paz, dichosos los perseguidos por practicar la justicia… Es una forma exhortativa de decir haced esto. No impulsando, como cuando se manda, sino atrayendo, como cuando uno muestra lo bueno de una acción y da el ejemplo.

Cállate. Es un mandato que no admite discusión. Cállate y sal de ese hombre es una orden en dos pasos. Primero manda al demonio que no hable, y luego, que salga del hombre. Indica que el enemigo, entró por etapas: primero se nos metió y una vez adentro, algunas veces no de inmediato, se puso a hablar. El Señor le hace frente siguiendo el camino inverso: primero lo silencia y después lo expulsa.

Aquí puede ayudar algo que dice un santo de la iglesia romana de nombre Pedro Fabro: “Yo por lo que a mí toca, ya que soy tan inclinado al mal y estoy cercado de tantas cosas que me pueden manchar de parte de la carne, del mundo y de todos los malos espíritus, me gozo de que mi naturaleza no sea tan simple. Porque si simple fuera, demasiado deprisa sucedería ser mi ánima toda penetrada de algún mal espíritu, y consiguientemente quedar toda infecta. Mas ahora, aunque penetre algún mal espíritu, por ejemplo, en mi carne, o en mi entendimiento, o en el apetito y lo demás, no por eso inmediatamente soy todo malo; porque podría no querer tales males y con mi voluntad resistiendo contradecirlos”.

Lo que viene a decirnos que a cada uno le entra el mal espíritu por algún lado, el que tiene más débil, y después que se asienta, comienza a opinar mentalmente y, lo que es peor, en público.

Las partes más vulnerables del hombre, por las que entra el mal espíritu con su lógica de la serpiente, son tres: el bolsillo, el espejo y el púlpito, o como dicen los entendidos: la codicia de riquezas y placeres, la vanidad y la soberbia.

Lo que nos enseña el Señor comienza por hacerlo callar: que no twittee y que no hable solo, primero, y luego lo echa. Aquí es donde viene lo  que leíamos antes de Pedro Fabro, porque el mal espíritu, cuando lo echan de un lado suele suceder que se va a otro, como pasó con esos que eran una legión y cuando el Señor los echó del poseso se metieron en los cerdos suicidas, y parece que de alguna manera, más sutil, regresaron, porque toda la gente se puso de acuerdo en pedirle cortésmente a Jesús que se fuera de su territorio, lo que equivale a decir que lo mandaron callar y que no predicase allí. En nosotros, por ahí se nos va del bolsillo al pedestal y, si bien tratamos de ser más generosos con los pobres por ahí nos ponemos soberbios y agresivos al atacar a los demás. Y cuando lo dominamos en estos dos sectores resulta que se nos mete en el espejo y comenzamos a creernos mejores que los otros. Menos mal que somos seres complejos. Eso nos salva de quedar a merced del acusador en todos los sectores y, aunque en alguno nos converse y nos seduzca, en otros lo podemos tener atado.

Si bien en esta vida no podemos evitar que el enemigo esparza sus chismes venenosos, dentro y fuera de nuestra alma, sí podemos cambiar nuestra frecuencia de radio cada vez que empieza a hablar y ponernos en la frecuencia del Espíritu. Si no podemos expulsarlo totalmente de nuestra ira y se nos sube la mostaza al escuchar algo que enciende nuestra indignación, sí podemos dejar que el Espíritu haga presión hacia abajo y no deje que la ira se nos suba a la cabeza, inundando la paz de nuestra mente e impidiéndonos pensar con claridad.

Y de esa manera si creemos algo completamente justo en nuestra mente y no podemos sacarnos de la cabeza que somos víctimas de una injusticia que nos hicieron, podemos dejar que el Espíritu no permita que la ira baje a la boca y a las manos: podemos dejar que Jesús diga cállate y que detenga las ganas de golpear y herir. Así damos tiempo a que los pensamientos se aclaren y se amplíen los argumentos, cosa que ayuda a no obrar mal.

Una gracia concreta para hacer callar al mal espíritu es tener a mano esta petición: Señor, te pido por esta persona. Dale la gracia que más necesita en este momento.

Esto me lo enseñó un pastor amigo y se me quedó en el corazón como una petición  sencilla y real. Sentí que había en ella una gracia muy honda, de esas que el Espíritu revela a los sencillos de corazón. La puse en práctica y me resolvió algo que no tenía discernido.  Me hace poner los pies en la realidad del momento, me lleva a sentir que puedo ORAR por el otro de manera muy eficaz y también que mis tristezas nunca son tan importantes como para ponerlas por encima de nadie.

Cuando empecemos a creernos alguien que merece todo y pensemos que somos los mejores en algo escuchemos en lo profundo la voz imperativa de Cristo: Cállate.