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Y como Moisés levantó la serpiente en el desierto, así es necesario que el Hijo del Hombre sea levantado, para que todo aquel que en él cree, no se pierda, mas tenga vida eterna.

Porque de tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito, para que todo aquel que en él cree, no se pierda, mas tenga vida eterna. Porque no envió Dios a su Hijo al mundo para condenar al mundo, sino para que el mundo sea salvo por él. El que en él cree, no es condenado; pero el que no cree, ya ha sido condenado, porque no ha creído en el nombre del unigénito Hijo de Dios. Y esta es la condenación: que la luz vino al mundo, y los hombres amaron más las tinieblas que la luz, porque sus obras eran malas. Porque todo aquel que hace lo malo, aborrece la luz y no viene a la luz, para que sus obras no sean reprendidas. Mas el que practica la verdad viene a la luz, para que sea manifiesto que sus obras son hechas en Dios. Palabra de Dios en Juan capítulo 3 versículos 14 al 21

Qué significa practicar la verdad?

Cuando tenemos la gracia de que el Espíritu Santo nos dé a conocer una verdad, sobre Jesús, sobre nuestro corazón o sobre algo que mejora nuestra relación con el prójimo, tenemos que poner en práctica esa verdad inmediatamente, con la prontitud de los que recibieron sus talentos y los pusieron a trabajar, con la decisión del que encontró la perla fina y vendió todo para comprarla.

Solo en la tierra buena puede hacer el Espíritu que una verdad crezca y de frutos. Si se queda en el terreno abstracto de nuestra mente, junto con todas las ideas de todo tipo que nos dan vueltas en la cabeza, a la pobre verdad del evangelio le pasa como a las semillas que cayeron, una en la calle, otra en un pedregal y la tercera entre malezas.  La verdad del momento, pasa y cambia porque el diablo nos fascina con las verdades de moda y nos mantiene como eternos espectadores.   La verdad que no germina es  la verdad no reflexionada, promete pero no cumple  y el diablo nos hace olvidar lo que un día creímos. Por último la verdad-conformista nos acosa con sus falacias.

A nuestra oración le puede ayudar el nombre que los griegos daban a la verdad: “aletheia”, que quiere decir “des-olvidar”. Al hacer oración y cuando leemos serenamente el evangelio, dejamos que nuestra imaginación se empape con las escenas evangélicas y sentimos cómo arde en nuestro corazón la Palabra del Señor. Una experiencia común es que a nuestra mente se le vuelve claro algo que siempre supimos, pero se vuelve claro con una intensidad especial, que hace sentir que es el Señor el que está imprimiendo en nosotros esa claridad, esa evidencia de la verdad. Es como cuando el teatro se queda a oscuras antes de empezar la función y de repente se alza el telón. Pero luego, al terminar la función, se vuelve a cerrar… Ese es el primer modo de poner en práctica la verdad, con la oración y es aquí es donde viene el segundo modo de practicar la verdad, que es el servicio. Las verdades del Evangelio no son como las verdades matemáticas, que una vez que uno aprendió la tabla del 5 no se la olvida más. Las verdades del Evangelio, se conservan en la memoria activa solo en la medida en que las practicamos. Si no, se van al fondo de nuestro ser, a la espera de un mejor momento. Aquí puede ayudar el nombre hebreo de la verdad que es “emeth” y significa fidelidad. La verdad que encarnamos en algún servicio concreto, requiere que ese servicio sea fiel, constante. Retomado una y otra vez, volviendo a empezar si nos damos cuenta de que nos olvidamos o flaqueamos.

Ahora bien, en el evangelio hay muchas verdades, infinitas verdades de vida, una para cada persona, para cada situación… Hay frases del evangelio que definieron de una vez para siempre todo un carisma, y legiones de mujeres y hombres practican esa palabra especial a lo largo del tiempo.

En el evangelio vemos a la gente que se acerca con fe sincera a Jesús, cómo el Señor le revela alguna verdad que queda ligada a esa persona. El evangelio está lleno de estas  verdades para cada persona. Verdades no solo puestas en práctica como quien hace un trabajo externo sino verdades encarnadas y vividas de manera personal y que se pueden compartir.

A María se le revela la verdad de que “para Dios nada es imposible” y de allí brota su “Sí” a Dios, para que la Palabra, y todas sus palabras, se hagan carne en ella, la servidora. Se le revela también que Dios mira con bondad su pequeñez y todas las maravillas que hace con sus pequeños en la historia.

A María Magdalena se le revela la verdad de su nombre -María- que pronunciado por su Maestro le lleva a reconocerlo resucitado y convertirse en anunciadora de la resurrección.

El pueblo fiel, en el evangelio, encarna las grandes verdades: la que dice que hay que acercar a Jesús a los niños para que los bendiga, a los enfermos para que los sane y a los adictos a algún actitud o sustancia demoníaca para que el Señor los libere. Encarna también el pueblo fiel la verdad que dice que hay que marchar siguiendo a Jesús, como lo seguían las multitudes; y que hay que escuchar siempre a Jesús y recibir su pan y sus peces; también encarna el pueblo fiel la verdad que dice que hay que alegrarse de que Jesús obre con autoridad y expresarlo con sonrisas y carteles y comentándolo en familia.    

La verdad más grande que existe es que Dios ha amado tanto al mundo, a cada uno de nosotros, que nos dio a Jesús, su Hijo amado. Ante cada situación, ponemos en práctica el criterio de ir a mirar: que verdad,  que pasaje, qué parábola, qué personaje del evangelio, ilumina lo que vivo.

Así, la verdad que alguien en el evangelio supo poner en práctica, nos ilumina nuestra práctica de hoy. Esa práctica que consiste en hacer sentir a los demás como amados por Dios. De modo tal que nadie se sienta excluido ni lejos del Amor de Dios que Jesús trajo al mundo.