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Había un hombre de los fariseos que se llamaba Nicodemo, un principal entre los judíos. Este vino a Jesús de noche, y le dijo: Rabí, sabemos que has venido de Dios como maestro; porque nadie puede hacer estas señales que tú haces, si no está Dios con él.

Respondió Jesús y le dijo: De cierto, de cierto te digo, que el que no naciere de nuevo, no puede ver el reino de Dios. Nicodemo le dijo: ¿Cómo puede un hombre nacer siendo viejo? ¿Puede acaso entrar por segunda vez en el vientre de su madre, y nacer? Respondió Jesús: De cierto, de cierto te digo, que el que no naciere de agua y del Espíritu, no puede entrar en el reino de Dios. Lo que es nacido de la carne, carne es; y lo que es nacido del Espíritu,[a] espíritu es. No te maravilles de que te dije: Os es necesario nacer de nuevo. El viento[b] sopla de donde quiere, y oyes su sonido; mas ni sabes de dónde viene, ni a dónde va; así es todo aquel que es nacido del Espíritu. Respondió Nicodemo y le dijo: ¿Cómo puede hacerse esto? Respondió Jesús y le dijo: ¿Eres tú maestro de Israel, y no sabes esto? De cierto, de cierto te digo, que lo que sabemos hablamos, y lo que hemos visto, testificamos; y no recibís nuestro testimonio. Si os he dicho cosas terrenales, y no creéis, ¿cómo creeréis si os dijere las celestiales? Nadie subió al cielo, sino el que descendió del cielo; el Hijo del Hombre, que está en el cielo. Palabra de Dios en Juan  capítulo 3, versículos 1 al 13.

Estos versículos de Juan nos hablan de un extraño encuentro de Jesús con un importante fariseo de nombre Nicodemo. Es Nicodemo quien toma la iniciativa y va a donde Jesús de noche. Intuye que Jesús es un hombre venido de Dios, pero se mueve entre tinieblas. Vemos que Jesús lo irá conduciendo hacia la luz.

Dentro del relato Nicodemo representa a todo aquel que busca sinceramente encontrarse con Jesús. Por eso, en cierto momento, Nicodemo desaparece del texto y Jesús prosigue su discurso para terminar con una invitación general a no vivir en tinieblas, sino a buscar la luz.

Según Jesús, la luz que lo puede iluminar todo está en el Crucificado. La afirmación resulta atrevida: Tanto amó Dios al mundo que entregó a su Hijo único para que no perezca ninguno de los que creen en él, sino que tengan vida eterna. ¿Podemos ver y sentir el amor de Dios en ese hombre torturado en la cruz?

Los que hemos crecido en España estamos acostumbrados desde niños a ver la cruz por todas partes pero no hemos aprendido a mirar ese rostro del Crucificado con fe y con verdadero amor. Nuestra mirada no es capaz de descubrir en ese rostro la luz que podría iluminar nuestra vida en los momentos más duros y difíciles. Distraemos nuestros ojos y nos perdemos la bendición.

Pero lo cierto es que  Jesús nos está mandando desde la cruz señales de vida y de amor aunque al leer su pasión podamos, pobremente, pensar solo en sufrimiento y en dolor lo cierto es que su rostro nos dice que hay gozo y salvación en Su Amor sacrificado.

Y si mirásemos de corazón veríamos que en esos brazos extendidos que no pueden ya abrazar a los niños, y en esa manos clavadas que no pueden acariciar a los leprosos ni bendecir a los enfermos, está Dios con sus propios brazos abiertos para acoger, abrazar y sostener nuestras pobres vidas que siempre están rotas por tantos sufrimientos.

Recuerdo la película LA PASIÓN DE CRISTO y  ese rostro apagado por la muerte, esos ojos que ya no pueden mirar con ternura a pecadores y prostitutas, esa boca que no puede gritar su indignación por las víctimas de tantos abusos e injusticias y veo con total claridad que Dios nos está revelando su  amor inmenso a la Humanidad.

Dios no mandó su Hijo al mundo para juzgar al mundo, sino para que el mundo se salve por él. Tenemos la libertad de acoger a ese Dios y también lo podemos rechazar porque nadie nos obliga. Somos nosotros los que podemos decidir pero tenemos que ser conscientes de que la Luz ya ha venido al mundo.  Y yo me pregunto: ¿Por qué tantas veces rechazamos la luz que nos viene del Crucificado?

Él podría poner luz en la vida más desgraciada y fracasada, pero, como ya decíamos en un editorial al principio de esta semana, el que obra mal, no puede acercarse a la luz para no verse acusado por sus obras. Cuando vivimos de manera poco digna, evitamos la luz porque nos sentimos mal ante Dios. No queremos mirar al Crucificado. Por el contrario, el que vive en la verdad, se acerca a la luz y está gozoso en ella. No se esconde en la oscuridad porque no tiene nada que ocultar.

El que está en la luz busca siempre con su mirada agradecida al Crucificado porque sabe que Él lo hace vivir en la luz de su paz y de su gozo.

Miremos el rostro resplandeciente del Cristo Resucitado y que su luz se refleje al mundo en nuestro modo de vivir.