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Editorial del programa "La verdad de sol a sol" con Luis Ortiz.

Una cosa es predicar y otra dar trigo. Este refrán me ha acompañado desde que nací. En mi Valladolid natal somos muy dados al refranero popular que viene a ser algo así como un compendio de sabiduría popular. Una de las cosas que me atraía del cristianismo era el amor y la entrega a los más necesitados que, en el fondo, lo somos todos.

No soy de seguir a ningún líder espiritual vende burras porque no deja de ser un hombre susceptible de fallar y que, tristemente, lo hace más a menudo que una persona temerosa de las leyes de hombre. Una de las cosas que más me escandalizan son los engaños y las injusticias que suele llevar a sus autores a una falsa alegría que se podría llegar a confundir, incluso, con desparpajo y cara dura. Una falsa alegría que puede engañar a algunos toda la vida, a muchos un tiempo, a todos difícilmente y a Dios nunca. En el pecado llevan la penitencia y en sus hábitos y rostros el cartel.

No es fácil la alegría. Los momentos de auténtica felicidad parecen pequeños paréntesis en medio de una existencia de donde brotan constantemente el dolor, la inquietud y la insatisfacción.

El misterio de la verdadera alegría es algo extraño para muchos hombres y mujeres. Todavía saben quizá reír a carcajadas, pero han olvidado lo que es una sonrisa gozosa, nacida de lo más hondo del ser. Tienen casi todo, pero nada les satisface de verdad. Están rodeados de objetos valiosos y prácticos, pero apenas saben nada de amor y amistad. Corren por la vida absorbidos por mil tareas y preocupaciones, pero han olvidado que estamos hechos para la alegría. Para esa alegría gozosa del amor verdadero, entregado y desinteresado.

Por eso, algo se despierta en nosotros cuando escuchamos las palabras de Jesús: os he hablado «para que participéis de mi gozo, y vuestro gozo sea completo». Nuestra alegría es frágil, pequeña y está siempre amenazada por esta sociedad despiadada, pero algo grande se nos promete. Tan grande como poder compartir la alegría misma de Jesús y esa alegría puede ser la nuestra.

El pensamiento de Jesús está muy claro. Si no hay amor, no hay vida. No tendremos comunicación con él ni habrá experiencia del Padre. Si falta el amor en nuestra vida, no queda más que vacío y ausencia de Dios. Podemos hablar de Dios, imaginarlo, pero no experimentarlo como fuente de gozo verdadero. Entonces el vacío se llena de dioses falsos que toman el puesto del Padre, pero que no pueden hacer brotar en nosotros el verdadero gozo que nuestro corazón anhela. Esos dioses que se esconden en el dinero y la meritocracia de la acumulación de cosas materiales.

Seguramente los cristianos de hoy pensamos poco en la alegría de Jesús y no hemos aprendido a disfrutar de la vida, siguiendo sus pasos. Sus llamadas a buscar la felicidad verdadera se han perdido en el vacío tal vez porque seguimos pensando que el camino más seguro de encontrarla es el que pasa por el poder, el dinero o el sexo.

La alegría de Jesús es la de quien vive con una confianza limpia e incondicional en el Padre. La alegría del que sabe acoger la vida con agradecimiento. La alegría del que ha descubierto que la existencia entera es gracia.

Pero la vida se extingue tristemente en nosotros si la guardamos para nosotros solos, sin acertar a regalarla porque la alegría de Jesús no consiste en disfrutar egoístamente de la vida. Es la alegría de quien da vida y sabe crear las condiciones necesarias para que crezca y se desarrolle de manera cada vez más digna y más sana. He aquí una de las enseñanzas clave del Evangelio. Solo es feliz quien hace un mundo más feliz. Solo conoce la alegría quien sabe regalarla. Solo vive quien hace vivir.

Atravesamos duros momentos como sociedad y como individuos porque hemos apartado el gozo real de vivir el evangelio y aceptamos la esclavitud, los malos tratos, las caras serias, las broncas, los delitos, los crímenes y todo lo malo como algo consustancial con el género humano y, total, ¡Para que oponerse a lo inevitable! Ahí es donde el enemigo se declara vencedor…en nuestra resignación.