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Editorial del programa "La verdad de sol a sol" con Luis Ortiz.

Cuando uno tiene un encuentro con Jesucristo se encuentra con algo nuevo y bueno. Después vas conociéndolo más y te preguntas como has podido vivir tanto tiempo sin saber de El. El primer escritor que recogió la actuación y el mensaje de Jesús lo resumió todo diciendo que Jesús proclamaba la Buena Noticia de Dios. Después los demás evangelistas emplean el mismo término griego (euaggelion) y expresan la misma convicción: en el Dios anunciado por Jesús, las gentes encontraban algo «nuevo» y «bueno».

Desde la instauración de las primera comunidades cristianas fue necesario y vital el promulgar esas buenas nuevas entre personas totalmente faltas de esperanza y hacerlo correr por todo el mundo. Con el paso de los años todo aquello que sembró Jesucristo como medio de ser libres, algunos de sus seguidores empezaron a utilizarlo como herramientas para esclavizar fundando iglesias con tufos mercantilistas, jerarquías y ritos que hacían imposibles esos aires de libertad que Nuestro Salvador quiso para toda la creación.

A los yugos de los profesionales de la Fe que Cristo combatió, sus seguidores les añadieron otros y es a eso a lo que Francisco se refería cuando hablaba del “fracaso” de Jesús. El ver cómo los que se proclaman cristianos multiplican con sus hechos y sus formas la esclavitud del hombre libre.

Pero ¿Hay todavía en ese Evangelio algo que pueda ser leído, en medio de nuestra sociedad indiferente y descreída, como algo nuevo y bueno para el hombre y la mujer de nuestros días? ¿Algo que se pueda encontrar en el Dios anunciado por Jesús y que no proporciona la ciencia, la técnica o el progreso? ¿Cómo es posible vivir la fe en Dios en nuestros días? En el Evangelio de Jesús, los creyentes nos encontramos con un Dios desde el que podemos sentir y vivir la vida como un regalo que tiene su origen en el misterio último de la realidad que es Amor. Para mí es bueno no sentirme solo y perdido en la existencia ni en manos del destino o el azar. Tengo a Alguien en quien puedo confiar y a quien puedo agradecer la vida.

En el Evangelio de Jesús nos encontramos con un Dios que, a pesar de nuestras torpezas, nos da fuerza para defender nuestra libertad sin terminar siendo esclavos de cualquier ídolo; para seguir aprendiendo siempre formas nuevas y más humanas de trabajar y de disfrutar, de sufrir y de amar. Para mí es bueno poder contar con la fuerza de mi pequeña fe en ese Dios.

En el Evangelio de Jesús nos encontramos con un Dios que despierta nuestra responsabilidad para no desentendernos de los demás. No podremos hacer grandes cosas, pero sabemos que podemos contribuir a una vida más digna y más dichosa para todos pensando sobre todo en los más necesitados e indefensos. Para mí es bueno creer en un Dios que me pregunta con frecuencia qué hago por mis hermanos. Me hace vivir con más lucidez y dignidad.

En el Evangelio de Jesús nos encontramos con un Dios que nos ayuda a entrever que el mal, la injusticia y la muerte no tienen la última palabra. Un día, todo lo que aquí no ha podido ser, lo que ha quedado a medias, nuestros anhelos más grandes y nuestros deseos más íntimos alcanzarán en Dios su plenitud. A mí me hace bien vivir y esperar mi muerte con esta confianza.

Cada uno de nosotros tiene que decidir cómo quiere vivir y cómo quiere morir. Cada uno ha de escuchar su propia verdad. Para mí no es lo mismo creer en Dios que no creer. A mí me hace bien poder hacer mi recorrido por este mundo sintiéndome acogido, fortalecido, perdonado y salvado por el Dios revelado en Jesús.