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Editorial del programa "La verdad de sol a sol" con Luis Ortiz.

Hace ya 10 años que estalló la grave crisis económica que ha ido cambiando los hábitos y actitudes de las sociedades que se consideraban más adelantadas. Los países con pobreza endémica apenas notaron esa situación que a los que vivíamos con eso llamado bienestar nos dejó consternados, en schock.

Hoy la crisis, en muchos hogares, pueblos y ciudades sigue presente. La recuperación no ha llegado a todos y se vislumbran nubarrones que amenazan con tormentas terribles. No hemos hecho los deberes al preocuparnos solo de las cifras macro económicas y olvidarnos de las personas trabajadores que han visto como, para salvar y aumentar las riquezas de los poderosos, han tenido que apretarse el cinturón hasta quedarse casi sin cintura.

En los versículos con los que empezamos este editorial de hoy encontramos la predicación del Bautista que sacudió la conciencia de muchos. Aquel profeta del desierto les estaba diciendo en voz alta lo que ellos sentían en su corazón: era necesario cambiar, volver a Dios, prepararse para acoger al Mesías. Algunos se acercaron a él con esta pregunta: ¿Qué podemos hacer?

Juan el Bautista tiene las ideas muy claras y no les propone añadir a su vida nuevas prácticas religiosas. Tampoco les pide que se queden en el desierto haciendo penitencia ni les habla de nuevos preceptos. Al Mesías es necesario acogerlo mirando atentamente a los necesitados.

El no se quiere perder en teorías sublimes ni en motivaciones profundas. Al contrario, les habla de manera directa, en el más puro estilo profético y lo resume todo en una fórmula genial: "El que tenga dos túnicas, que las reparta con el que no tiene; y el que tenga comida, que haga lo mismo". Y nosotros, ¿qué podemos hacer para acoger a Cristo en medio de esta sociedad en crisis económica pero también de valores?

Pues lo primero que debemos hacer es esforzarnos mucho más en conocer lo que está pasando: la falta de información es la primera causa de nuestra pasividad. Por otra parte, no tolerar la mentira o el encubrimiento de la verdad. Tenemos que conocer, en toda su crudeza, el sufrimiento que se está generando de manera injusta entre nosotros.

No nos basta solo vivir a golpes de generosidad, solidaridad, beneficencia o limosna. Podemos dar pasos hacia una vida más sobria, más austera, más justa. Atrevernos a vivir la experiencia de empobrecernos poco a poco, recortando nuestro actual nivel de bienestar, para compartir con los más necesitados tantas cosas que tenemos y no necesitamos para vivir. Todos esos alimentos, toneladas y toneladas, que terminan en la basura y que suponen una afrenta a Dios, una ofensa a la naturaleza y un insulto a los necesitados.

Podemos estar especialmente atentos a quienes han caído en situaciones graves de exclusión social: desahuciados, privados de la debida atención sanitaria, sin ingresos ni recurso social alguno... Hemos de salir instintivamente en defensa de los que se están hundiendo en la impotencia y la falta de motivación para enfrentarse a su futuro.

Desde las comunidades cristianas podemos desarrollar iniciativas diversas para estar cerca de los casos más sangrantes de desamparo social: conocimiento concreto de situaciones, movilización de personas para no dejar solo a nadie, aportación de recursos materiales, gestión de posibles ayudas. Son miles los pequeños detalles que podemos poner en práctica que pueden suponer un cambio radical en el mundo. Ese cambio radical que vino a traer nuestro Salvador y Rey que proclamaba la buena Nueva anunciando que el Reino de los Cielos se había acercado. Es mentira que debamos pasar calamidades acá para tener una vida gozosa allá. Jesucristo nos quiere siempre gozosos…acá y allá.

La crisis va a ser larga. En estos años estamos teniendo la oportunidad de humanizar nuestro consumismo alocado, hacernos más sensibles al sufrimiento de las víctimas, crecer en solidaridad práctica, contribuir a denunciar la falta de compasión en la gestión de la crisis y esa es nuestra manera de acoger con más verdad a Cristo en nuestras vidas.