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Editorial del programa "La verdad de sol a sol" con Luis Ortiz.

Desde siempre la vida de los seguidores de Cristo ha estado llena de acontecimientos no siempre fáciles. Persecuciones y hasta muerte sufren algunos hermanos en no pocos lugares del mundo. Todos los evangelios empiezan reseñando la euforia de la gente en el seguimiento de Jesús. Pero poco a poco, se va apoderando de ellos, primero la decepción, después el abandono, y finalmente la oposición total.

En Juan todo esto se escenifica de manera genial en un solo capítulo. Concretamente en el capítulo 6 en el que después de la multiplicación de los panes, quieren hacerle rey por la fuerza, y terminan abandonándole todos diciendo: Duras son estas palabras, ¿quién puede hacerle caso?

El porqué de esta actitud es claro: todos se apuntan a los aspectos liberadores de la enseñanza de Jesús y están encantados de ser curados, de ser liberados, de ser queridos pero loo malo empieza cuando se descubren las exigencias del mensaje: tienes que curar al otro, tienes que servir, tienes que amar...

Si tomásemos conciencia del por qué se produjo este cambio en la gente, tal vez empezásemos a comprender dónde falla nuestro cristianismo. La respuesta está en el relato de la curación de la suegra de Pedro. Jesús cura para que seamos capaces de servir. Esto es precisamente lo que no nos gusta del mensaje.

Cuando Jesús va dejando claro que Dios no es un pegalotodo, que su predicación lo que persigue es cambiar las actitudes principales del ser humano y convertirle en libre servidor en vez de opresor del otro, la gente empieza a sentirse incómoda y le abandona sin miramientos. En el evangelio no se nos habla en ningún caso de resignación ante cualquier clase de dolor, sea físico, sea psíquico, sea moral. Y además no identifica la salvación con la supresión del dolor. Todo lo contrario, afirma expresamente que la verdadera salvación puede alcanzarla todo hombre a pesar del mal que nos rodea y las convierte en bienaventuranzas.

El dolor siempre que se pueda, se debe suprimir, pero la victoria contra el mal no está en suprimirlo, sino en evitar que ese dolor acaba contigo. Toda verdadera teología es liberadora, pera esa liberación no siempre coincide con la eliminación del opresor. Aun permaneciendo el opresor, el oprimido puede ser libre y plenamente humano. Suprimido el opresor, puede ser sustituido por cualquiera de los que antes fueron oprimidos. Está en la naturaleza del hombre oprimir al débil.

La solución al problema vital del hombre no puede venir de fuera, la tenemos que encontrar dentro. Sólo un conocimiento de lo profundo del ser nos descubrirá realmente lo que somos. Tenemos que ser conscientes de nuestras limitaciones y aceptarlas. Pero solo lo conseguiremos descubriendo que esas limitaciones no nos impiden alcanzar la plenitud. Conocerme a mí mismo es conocer a Dios como fundamento de mi propio ser. Ser fiel a sí mismo es la única manera de ser fiel a Dios.

El gran fallo del cristianismo fue convertir la buena noticia liberadora del evangelio en una religión. La buena noticia de Jesús consistió en liberar al ser humano de todo lo que le impide ser él mismo, incluida la religión. El organigrama de una religión, nos da seguridades y nos sumerge en la ilusión de ser algo absoluto. Nos hace creernos superiores a los demás, como enchufados del jefe y eso nos lleva al tropiezo constante.

Jesús no ha venido a resolver los problemas materiales de los hombres, ni a liberarle de las limitaciones de su naturaleza, sino a enseñarnos cómo podemos ser libres a pesar de los problemas y aunque no se resuelvan. Hay problemas que no tienen solución, pero una vida más humana siempre es posible. Y lo es aceptando quienes somos y por la Gracia de quien vivimos.