Hazte socio de radio solidaria

Editorial del programa "La verdad de sol a sol" con Luis Ortiz.

Hay momentos de alegría y otros de tristeza, momentos de dolor y otros de gozo…y todos ellos forman parte de ese milagro que es la vida, ese regalo que nos hace Nuestro Dios.

En ocasiones creemos que no es fácil la alegría. Los momentos de auténtica felicidad parecen pequeños paréntesis en medio de una existencia de donde brotan constantemente el dolor, la inquietud y la insatisfacción. Desde que tengo memoria la alegría ha formado parte de mi vida aunque haya conocido tiempos de tribulación que trato de olvidar porque nada me aportan.

Y uno mira alrededor y piensa que el misterio de la verdadera alegría es algo extraño para muchos hombres y mujeres. Todavía saben quizá reír a carcajadas, pero han olvidado lo que es una sonrisa gozosa, nacida de lo más profundo de su ser. Tienen casi todo, pero nada les satisface de verdad y están rodeados de objetos valiosos y prácticos, pero apenas saben nada de amor y amistad. Corren por la vida absorbidos por mil tareas y preocupaciones, pero han olvidado que estamos hechos para la alegría. A mi me ha pasado y me pasa en más ocasiones de las que me gustaría. Los pequeños detalles parecen hacer más mella en mi ánimo que la alegría que me da saberme amado por Dios.

Por eso, algo se despierta en nosotros cuando escuchamos las palabras de Jesús: os he hablado para que participéis de mi gozo, y vuestro gozo sea completo. Nuestra alegría es frágil, pequeña y está siempre amenazada. Pero algo grande se nos promete. Poder compartir la alegría misma de Jesús porque su alegría puede ser la nuestra.

El pensamiento de Jesús es claro. Si no hay amor, no hay vida. No hay comunicación con él y no hay experiencia del Padre. Si falta el amor en nuestra vida, no queda más que vacío y ausencia de Dios. Podemos hablar de Dios, imaginarlo, pero no lo experimentaremos como fuente de gozo verdadero. Entonces el vacío se llena de dioses falsos que toman el puesto del Padre, pero que no pueden hacer brotar en nosotros el verdadero gozo que nuestro corazón anhela. ¿A quién no le pasa?

Quizá los cristianos de hoy pensamos poco en la alegría de Jesús y no hemos aprendido a disfrutar de la vida, siguiendo sus pasos. Sus llamadas a buscar la felicidad verdadera se han perdido en el vacío tal vez porque seguimos obstinados en pensar que el camino más seguro de encontrarla es el que pasa por el poder, el dinero o el sexo.

Yo quiero vivir la alegría de Jesús que es la de quien vive con una confianza limpia e incondicional en el Padre. La alegría del que sabe acoger la vida con agradecimiento y que ha descubierto que la existencia entera es gracia. Vivir cada momento dando gracias a Dios por todo lo que nos da que, de seguro, es muchísimo más de lo que merecemos.

Y tenemos que tener muy claro que la vida se extingue tristemente en nosotros si la guardamos para nosotros solos, sin acertar a regalarla, sin saber compartirla. Porque la alegría de Jesús no consiste en disfrutar egoístamente de la vida, es la alegría de quien da vida y sabe crear las condiciones necesarias para que crezca y se desarrolle de manera cada vez más digna y más sana. Y esta es una de las enseñanzas clave del Evangelio. Solo es feliz quien hace un mundo más feliz. Solo conoce la alegría quien sabe regalarla. Solo vive quien hace vivir.

Como hacen los misioneros que salen de la comodidad de sus vidas para ir por el mundo a compartir con los necesitados como el heraldo de un Dios que ama a su creación son un verdadero ejemplo de ese gozo de vivir. Tantos hombres y mujeres que han encontrado la alegría de sus vidas compartiendo por la Gracia de Dios y para su honra ese maravilloso regalo. ¿Hay algo mejor?