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Por lo cual, aunque tengo mucha libertad en Cristo para mandarte lo que
conviene, más bien te ruego por amor, siendo como soy, Pablo ya anciano,
y ahora, además, prisionero de Jesucristo; te ruego por mi hijo Onésimo, a
quien engendré en mis prisiones, el cual en otro tiempo te fue inútil, pero
ahora a ti y a mí nos es útil, el cual vuelvo a enviarte; tú, pues, recíbele
como a mí mismo.

Escuchaba ayer en Radio Solidaria una alabanza que dice “¿Que sería de mí si no me hubieses perdonado?” y eso me llevó a un examen de conciencia y a una auditoría de mi corazón y alma. ¿Guardo yo rencor a alguien? ¿Tengo que pedir perdón por algo que le haya hecho al prójimo?.
Y la respuesta me dejó un poso extraño: hacemos daño a los demás de tantas maneras que tendríamos que estar siempre pidiendo perdón.

También dijo: Un hombre tenía dos hijos; y el menor de ellos dijo a su padre: Padre, dame la parte de los bienes que me corresponde; y les repartió los bienes. No muchos días después, juntándolo todo el hijo menor, se fue lejos a una provincia apartada; y allí desperdició sus bienes viviendo perdidamente. Y cuando todo lo hubo malgastado, vino una gran hambre en aquella provincia, y comenzó a faltarle.