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Hasta el día de hoy, Israel fundamenta su derecho
a ser un estado independiente en una resolución de las Naciones Unidas y en lo que él
mismo denomina el derecho natural e histórico del pueblo judío. ¿Es razonable esperar
que el Dios de la Biblia realizara el milagro profético más importante del siglo XX a
favor de un pueblo que rehúsa atribuirle el mérito a él?


La actitud secular del Estado de Israel no tiene ni punto de comparación con la actitud
que manifestaron los israelitas de la antigüedad. En 537 antes de nuestra era, después
de que los babilonios la hubieran dejado desolada y deshabitada por setenta años, la
nación de Israel volvió a nacer como “en un solo día”. En aquel año, el rey persa Ciro el
Grande —quien había conquistado Babilonia— permitió que los judíos regresaran a su
tierra (Esdras 1:2). ¡Qué manera tan asombrosa de cumplirse la profecía de Isaías 66:8!
Además de que Ciro reconoció la mano de Jehová en los sucesos del año 537, los
israelitas que regresaron a Jerusalén lo hicieron con el propósito concreto de restaurar
el templo y la adoración de Jehová. El Estado de Israel, en cambio, nunca ha expresado
oficialmente semejante deseo o intención.

En el año 33 de nuestra era, Israel perdió su privilegio de ser la nación
escogida de Dios cuando rechazó a su Hijo, el Mesías. Jesús mismo lo expresó así:
“Jerusalén, Jerusalén, la que mata a los profetas y apedrea a los que son enviados a
ella [...]. ¡Miren! Su casa se les deja abandonada a ustedes” (Mateo 23:37, 38). Estas
palabras se cumplieron en el 70 de nuestra era, cuando las legiones romanas
destruyeron Jerusalén y su templo y pusieron fin al sacerdocio. Ahora bien, ¿qué

sucedería con el propósito de Dios de que hubiera una nación que fuera su “propiedad
especial de entre todos los demás pueblos, [...] un reino de sacerdotes y una nación
santa”? (Éxodo 19:5, 6.)
El apóstol Pedro, quien era judío de nacimiento, dio respuesta a esta pregunta en una
carta dirigida a sus compañeros cristianos, entre los que había judíos y gentiles. Él
escribió: “Ustedes son ‘una raza escogida, un sacerdocio real, una nación santa, un
pueblo para posesión especial[’] [...]. Porque en un tiempo ustedes no eran pueblo,
pero ahora son pueblo de Dios; eran aquellos a quienes no se había mostrado
misericordia, pero ahora son aquellos a quienes se ha mostrado misericordia” (1 Pedro
2:7-10).
Aquellos cristianos fueron escogidos por medio del espíritu santo para pertenecer a
una nación espiritual, y su ciudadanía no se les concedió por nacimiento ni por residir
en determinado lugar. El apóstol Pablo lo describió así: “Porque ni la circuncisión es
nada, ni la incircuncisión, sino una nueva creación es algo. Y a todos los que hayan de
andar ordenadamente por esta regla de conducta, sobre ellos haya paz y misericordia,
sí, sobre el Israel de Dios” (Gálatas 6:15, 16).

El Estado de Israel ofrece la ciudadanía a cualquier judío de nacimiento o
converso al judaísmo. Sin embargo, solo quienes sean “obedientes y rociados con la
sangre de Jesucristo” pueden convertirse en ciudadanos de la nación a la que la Biblia
llama “el Israel de Dios” (1 Pedro 1:1, 2). Con respecto a los ciudadanos del Israel de
Dios, o judíos espirituales, Pablo escribió: “No es judío el que lo es por fuera, ni es la
circuncisión la que está afuera en la carne. Más bien, es judío el que lo es por dentro, y
su circuncisión es la del corazón por espíritu, y no por un código escrito. La alabanza de
ese viene, no de los hombres, sino de Dios” (Romanos 2:28, 29).
Este versículo nos ayuda a comprender un polémico comentario que hizo Pablo. En su
carta a los Romanos, él explicó que los judíos naturales incrédulos se asemejaban a
ramas de olivo simbólicas que habían sido cortadas para injertar en su lugar ramas de
acebuche, u olivo silvestre (Romanos 11:17-21). Entonces concluyó la ilustración
diciendo: “Un embotamiento de las sensibilidades le ha sucedido en parte a Israel
hasta que el número pleno de gente de las naciones haya entrado, y de esta manera
todo Israel será salvo” (Romanos 11:25, 26). ¿Estaba prediciendo Pablo que, a última
hora, los judíos se convertirían en masa al cristianismo? No, él no quiso decir eso.

De hecho, al utilizar la expresión “todo Israel”, Pablo estaba refiriéndose a
todo el Israel espiritual: los cristianos que han sido escogidos por el espíritu santo.
Estaba diciendo que, aunque el Israel carnal no aceptó al Mesías, el propósito de Dios
de tener un “olivo” espiritual lleno de ramas productivas no se vino abajo. Esto
armoniza con la ilustración en la que Jesús se compara a una vid de la que se cortan los
sarmientos infructíferos. Él dijo: “Yo soy la vid verdadera, y mi Padre es el cultivador.

Todo sarmiento en mí que no lleva fruto, él lo quita, y todo el que lleva fruto él lo
limpia, para que lleve más fruto” (Juan 15:1, 2).
Así pues, aunque el establecimiento del Estado de Israel no estaba predicho en la
Biblia, el del Israel espiritual sí lo estaba. Y quienes descubran cuál es esta nación
espiritual y se unan a ella disfrutarán de bendiciones eternas (Génesis 22:15-18;
Gálatas 3:8, 9). Y si te parece la próxima semana iremos conociendo las principales
costumbres de este querido pueblo de Israel.