El mayor servicio que las Iglesias ofrecen a los hombres y mujeres de todos los tiempos, de todas las latitudes y en todas las circunstancias, es el de evangelizarlos.

Evangelizar es la prioridad suprema del cristiano. La necesidad más profunda del alma humana es buscar a Dios. En las cárceles, en primera línea, se palpa esta urgente necesidad, hay que despertarla y proponer caminos para satisfacerla, convencidos de que no es algo imposible de lograr, porque Dios se ha hecho hombre, ha venido al mundo para que los hombres que lo buscan lo puedan encontrar. Porque Jesucristo sale siempre al encuentro del hombre, de todo hombre, cualquiera que sea su situación.

Los agentes de pastoral penitenciaria tienen la gran misión de ser instrumentos que preparen el terreno para que se dé este encuentro. A ello están dirigidas todas sus actividades pastorales, porque ser y vivir como cristianos no nace de una buena intención o de una gran idea, sino del encuentro con una Persona, Jesucristo, encuentro que a todos, particularmente a quienes se encuentran en situaciones de dificultad, conduce a creer en el amor. Es ésta la inspiración de fondo, el mandamiento nuevo del amor, la que debe motivar toda acción al servicio de los demás, es esta experiencia la que representará la prueba fehaciente de que los agentes pastorales han tenido una verdadera experiencia de encuentro con Dios, en Jesucristo. Sólo así no se perderá la ruta hacia la cual deben dirigirse todas las actividades en las prisiones, es decir, a provocar el encuentro personal de cada prisionero con Jesucristo, camino de libertad plena para todos. Junto con esta altísima misión de hacer que los hombres y mujeres en las cárceles se encuentren con Dios, los capellanes tienen a la vez la oportunidad y la gracia de encontrar a Dios en los hombres y mujeres de las cárceles, de evangelizar y de ser evangelizados.

La evangelización tiene un eje central: la fidelidad. Fidelidad al mensaje de salvación que se anuncia y fidelidad a los hombres y mujeres a los que se ha de transmitir intacto y vivo; no manipulado, no desgastado, no reducido, a nada ni a nadie sometido. Manteniendo esta fidelidad, los agentes de la pastoral penitenciaria deberán buscar y encontrar los medios para transmitir el Mensaje de salvación a quienes viven en las prisiones.

El primero de estos medios será el del testimonio. Un testimonio de vida coherente con el mensaje de Cristo que se predica en las prisiones, debe acompañar siempre el anuncio explícito, para despertar la inquietud por Cristo de quienes ven y escuchan, porque la caridad de las obras corrobora la caridad de las palabras.

Hay que tener siempre  la certeza de que la labor pastoral entre los encarcelados es importantísima para la vida y misión de las Iglesias, porque el testimonio evangélico, al que el mundo es más sensible, es el de la atención a las personas y el de la caridad para con los pobres y los pequeños, con los que sufren. La gratuidad de esta actitud y de estas acciones, que contrastan profundamente con el egoísmo presente en el hombre, hace surgir unas preguntas precisas que orientan hacia Dios y el Evangelio. El lenguaje que mejor entiende y motiva más al hombre de hoy es el del servicio, especialmente el que se ofrece a los más débiles. La opción preferencial por los pobres ha sido y debe continuar siendo vital para la misión de las Iglesias que han tomado este ministerio, porque la pone a prueba y la fortalece, y también porque servir y promover a los pobres significa crecer en humanidad. La predicación evangélica, acompañada de su testimonio, es semilla de justicia, de paz y de misericordia, que con la gracia de Dios, germina siempre, produciendo frutos de verdadera liberación, no obstante la maleza que la rodea.

Evangelizar indica un proceso, un camino ininterrumpido por recorrer, camino de renovación interior, de continua conversión personal, de liberación auténtica, camino que necesariamente evita las ideologías y las alianzas políticas de parte. El evangelizador de las prisiones debe ser un ferviente cultivador de la verdad, porque es la verdad la que hace libres. La ideología es contraria a la verdad, de aquí un punto de vital importancia para el agente de pastoral, para el discípulo de Aquel que se nos reveló como Camino, Verdad y Vida. El evangelizador del mundo penitenciario, por fidelidad a la verdad del mensaje que anuncia y por fidelidad a quienes lo anuncia, debe estar libre de ideologías de cualquier color, de izquierdas o de derechas, de las que quieren callar la denuncia o de las que buscan silenciar el anuncio; las ideologías siempre fomentan el odio y la división, enconan las heridas en lugar de sanarlas. La sabiduría evangélica enseña claramente lo que la experiencia humana comprueba siempre, que la violencia no puede sino generar violencia, nunca justicia, ni paz, ni reconciliación. Sería una grave contradicción combatir las situaciones injustas que denunciamos con las mismas armas que utilizan quienes las provocan, sería desastroso que aquellos que son identificados como instrumentos de paz, predicadores de reconciliación, quisieran vencer la violencia recurriendo a ella, acabar con la marginación marginando, luchar contra la corrupción corrompiendo.

Las Sagradas Escrituras, especialmente los Evangelios, nos confirman que la Misericordia es absolutamente necesaria para ser seguidores de Jesús, porque el Señor no la recomienda o aconseja. El Señor la ordena: «Sed misericordiosos, como vuestro Padre es misericordioso». Para que sea autentica misericordia ha de practicarse sin distinción de personas, a semejanza del Padre celestial. Esta virtud debe estar particularmente presente entre los miembros de la pastoral penitenciaria, como un signo de contradicción en una sociedad que ve a la misericordia como una debilidad, que busca expulsar de su vida la benevolencia y la compasión, que excluye y se olvida de quienes han fallado y los considera indignos de seguir formando parte de ella. Una sociedad que, sin embargo, no está carente de responsabilidad frente a quienes han cometido un delito. Quien se encuentra en prisión descontando una pena ha nacido y crecido en una sociedad, en la que se ha formado y de la cual ha tenido las posibilidades concretas para su vivir y actuar. Su comportamiento es también un fracaso de la sociedad, no sin responsabilidades compartidas, en el generar o conservar lógicas y estructuras insolidarias o inadecuadas para el bien común, en el consentir de hecho modelos y estilos de vida que facilitan o al menos consienten profundas deformaciones interiores y comportamientos desviados. Sólo por citar un ejemplo, una de las causas por las que muchos hombres y mujeres jóvenes se encuentran en prisión es el comercio y consumo de drogas. Esto tiene otras causas de fondo, entre ellas la pobreza, la disgregación de la familia, la cultura hedonista que nos rodea, el fomento del culto al poder y al parecer. Muchos de los hombres y mujeres que viven privados de libertad han tenido menos oportunidades en la vida, carentes de educación, de una familia integrada, de medios económicos suficientes para una vida digna, circunstancias que no cancelan su responsabilidad personal, pero sí la disminuyen.

Sólo con la luz de la fe cristiana podemos descubrir al Dios escondido en la carne maltratada y en el corazón contrito de los hombres y mujeres que sufren en las prisiones y contemplar el Rostro de Cristo en cada uno de los encarcelados. Es a la luz de este Rostro que surgen nuevos horizontes y se fortalece la esperanza para quienes están comprometidos en servir a la gente del mundo penitenciario, en las múltiples y complejas áreas que abarca este servicio pastoral.