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Rebeca Díez nos comparte esta reflexión en este día. Como creyentes, somos declarados justos en el momento de la salvación, pero no somos perfectos en la práctica. Aunque hemos sido perdonados por todos los pecados pasados, presentes y futuros, aún tenemos necesidad de limpieza continua por la sangre de Cristo para mantener abiertas nuestras "líneas de comunicación" con el Señor. El pecado bloquea nuestros oídos, impidiéndonos escuchar su voz, y nos priva del poder para vivir como debemos hacerlo. Pero cada vez que venimos a Dios, y confesamos nuestros pecados, Él siempre nos perdona (1 Jn 1.7-9).

La sangre de Jesús es preciosa, porque Él es el único que pudo pagar el castigo por el pecado del hombre y satisfacer la justicia divina. Si Él no hubiera aceptado venir a la tierra a morir en nuestro lugar, toda la humanidad habría quedado separada para siempre de Dios. El Señor Jesús es nuestro abogado ante el Padre. Está como un abogado entre nosotros y el Juez, y obra a nuestro favor. Cuando el pecado se yergue para condenar, Cristo se levanta, y dice: "¡Es inocente! Éste está cubierto por mi sangre, y está justificado".