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Rebeca Díez nos comparte esta reflexión en este día. La base del cuerpo es la unión de sus miembros. En lo individual somos paja que se lleva el viento, pero unidos somos una fortaleza impenetrable reforzada con concreto. Ese concreto es la sangre del cordero derramada para edificar el más grande templo. La iglesia está fundada sobre la sangre de Jesucristo que unió lo que el pecado había dividido.

La unidad desde el principio fue diseñada para durar, el hombre fue creado para estar unido en divinidad con Dios y ser Su deleite, el jardín del Edén fue diseñado para unir lo terrenal con lo celestial, la mujer fue diseñada para estar unida al hombre en una sola carne y ser su deleite.

Pero esa unidad que fue diseñaba duradera ha sido dividida por el pecado, el hombre cayó y perdió su divinidad, por su desobediencia perdió su pedazo celestial en la tierra, y fornicando ha dividido lo que fue diseñado para ser una sola carne.

La única arma del enemigo es la división y ella se ha encarnado en los hombres, la división es mensajera de satanás y es justificada por el orgullo humano. Comienza deseando lo que otros obreros tienen, y justificada por el orgullo comienza a realizar planos propios y con mentiras disfrazadas sustenta su postura hasta reclutar obreros confundidos en su sindicato. Los sindicatos en el cuerpo de Cristo son formados por personas que tienen más celo por su obra personal que por el templo que han sido llamados a edificar.