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Rebeca Díez nos comparte esta reflexión en este día. Hay algunos robles que se han desarrollado durante cientos de años; más de mil, incluso. Que han visto nacer, crecer, envejecer y morir a multitud de generaciones humanas. Han permanecido ante las tormentas y las sequías. Han dado cobijo a los nidos de gran cantidad de aves. Han presenciado como civilizaciones enteras surgen y desaparecen…y han caído al final. La causa no ha sido un rayo ni un hacha: han sido las termitas que se introdujeron en él y se lo comieron por dentro hasta que perdió toda la fortaleza que lo mantenía majestuosamente en pie. Algo perjudicial lo destruyó por dentro cuando pocas cosas hubieran sido más fuertes que él externamente. ¿Quién sabe cuánto más pudo haber crecido si hubiera mantenido a las termitas fuera de sí?

No es únicamente la guerra lo que puede matar un cuerpo. También se puede morir envenenado, y mucho más rápidamente. Lo triste de los venenos es que se mezclan con cosas que son necesarias y saludables para mantener la vida: generalmente con alimentos y bebidas. Y que esos venenos son dados casi siempre por personas cercanas

a quien los toma. Esto ha pasado muchas veces a lo largo de la historia, pero no quiero distraerte con esta mención; tenemos un tema que tratar. Sólo quiero que aproveches el ejemplo como una metáfora. Muchos de nosotros estamos siendo envenenados por la persona más cercana a nosotros: nosotros mismos. Y lo estamos haciendo a través de cosas que alegamos como necesarias para nuestra supervivencia: la comida, la bebida, la diversión, el dinero, el prestigio, el querer prevalecer sobre nuestro adversario, etc. Usamos nuestros pensamientos, sentimientos y palabras para contaminarnos. Alegamos libertad sobre nuestro destino y por falta de sensibilidad elegimos lo que es perjudicial para nosotros.p>