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Daniel Díez nos comparte esta reflexión en este día.

Somos así, pecadores por naturaleza, seducidos a caer en los deseos engañosos de la carne, propicios a fallar una y otra vez, pero en medio de todo eso, hay algo que nos detiene a no dejarnos dominar por una vida total de pecado y es el hecho de que Dios nos amo y dio su vida por nosotros para que ahora podamos ser libres de las cadenas del pecado.

Por un momento en tu mente hay toda clase de voces que te dicen que eres un derrotado, que no eres capaz de ser fiel, que no eres digno de ser un hijo de Dios, que solo estas engañándote a ti mismo y tratando de engañar a los demás, que por más que lo intentes siempre caerás en lo mismo y toda clase de voces que lo único que quieren es hacerte retroceder de una vez por todas para que vuelvas a tu vida antigua separado de Dios.

Pues hoy Dios quiere que comprendas que él jamás te ha juzgado, que nunca te ha señalado con el dedo para acusarte de algo, al contrario, siempre ha extendido sus brazos para que vengas a Él y recibas su abrazo, siempre ha estado allí levantándote en cada caída, en cada tropiezo, y es que así es El, grande en Gracia y Misericordia.