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Acabo de leer un breve mensaje de un supuesto creyente que afirmaba que a la suerte hay que llamarla. Una vez más quienes nos declaramos hijos de Dios, debemos afrontar la cruda realidad de cómo es nuestra vida.

Si estamos eufóricos, poco más o menos que somos los amos del mundo. Si estamos tristes, acongojados, pensamos que Dios nos ha abandonado… a nuestra suerte. No en vano hay millones de personas que consultan a supuestos astrólogos, adivinadores, a hombres y mujeres que anuncian que nos capaces de anticiparnos el futuro.

Lo penoso es que cada una de estas consultas, revela la pobreza espiritual de quién la realiza, que se somete voluntariamente a la humillante ceremonia de que alguien se introduzca en su vida y en la vida de sus próximos. Así es como prácticamente a cada momento hablamos de la buena o la mala suerte, del golpe de fortuna o de infortunio. Y nos olvidamos de lo único cierto: El Eterno está en el control de todo y de todos. Y solamente Él decide el porvenir.