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Y yendo, predicad, diciendo: El reino de los cielos se ha acercado. Miraba con alegría las fotografías de los amados anónimos misioneros que silenciosamente ayudan al prójimo, no pude menos que pensar en esas silenciosas manos extendidas, que contrastan con las mías llenas de palabras y de pocas obras que demuestren mi fe.

Esta reflexión me la hago, pensando en todo lo que podría haber hecho y sin embargo dejé de hacer, un poco por cobardía, otro poco por no saber como...

Pero en cualquier caso el resultado fue el mismo: Muchas palabras y pocos hechos, porque allí cuando la angustia es grande y la necesidad es mayor todavía, no cabe sino obrar.

Me sorprende como a pesar de estas evidencias, somos tantos los que hablamos e incluso que nos permitimos hablar en nombre de los propios misioneros.

Acaso ellos precisan de nuestras palabras?

Acaso ellos las esperan?

Anónimos como son, sin embargo ellos tienen una recompensa que los habladores nunca tendremos: El reconocimiento de Jesús! Él sabe todos sus nombres. Ninguno es anónimo y si no fuera por su Misericordia, bien podría olvidarse del mío y del de todos los habladores.