Generalmente aceptamos todo lo que recibimos y en especial aquello que conocimos en nuestros primeros años, bajo la forma de historias y leyendas. Generalmente aceptamos todo lo que recibimos y en especial aquello que conocimos en nuestros primeros años, bajo la forma de historias y leyendas.

Por haberlas conocido de niños, permitimos que lleguen hasta nuestros hijos sin escudriñar su contenido ni tampoco en conocer cuál es el mensaje casi oculto que transmiten.

Una de esas leyendas es la del flautista de Hamelín, en Alemania, aquel que reunía las ratas del pueblo y lograba que luego se lanzaran al río Weser que circunda la ciudad.

Los habitantes le negaron la paga prometida y el flautista regresó el día en que se celebraba la fiesta de Pedro y Pablo y como venganza con su flauta atrajo a alrededor de 130 niños y jóvenes y los hizo desaparecer.

El final no es único, pues algunos cuentan que el flautista cuando recibió su paga los devolvió y otros recuerdan, que los desaparecidos nunca volvieron.

Esta tenebrosa no es muy distinta a otras que nuestros hijos pueden leer y tal vez no sea tan tremenda como otras con las que pueden jugar u otras que puedan ver. Pero, sabemos que leen, con qué juegan o qué ven?

Esta es nuestra responsabilidad y nos será demandada.