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Un día cualquiera nuestra mente se interna en el pasado y nos deja perplejos porque se repiten en una secuencia desordenada y dolorosa, los recuerdos que deberíamos haber dejado atrás cuando nos convertimos en nuevos hombres y en nuevas mujeres. Un día cualquiera nuestra mente se interna en el pasado y nos deja perplejos porque se repiten en una secuencia desordenada y dolorosa, los recuerdos que deberíamos haber dejado atrás cuando nos convertimos en nuevos hombres y en nuevas mujeres.

Para algunos este regreso no es el todo malo, porque en el fondo siguen teniendo una especie de ancla que los aferra al pasado, porque no están del todo convencidos de lo que les espera en el futuro.

Para otros, este regreso supone una vuelta a la emotividad que nos vuelve a enfrentar con situaciones que en su momento fueron penosas y con resultados peores aún.

Lo cierto es que cuando nos arrepentimos y nuestros pecados fueron perdonados, lo fueron de una vez y para siempre!

Por tanto debemos de pensar que no es Dios el que nos hace volver al pasado. Es precisamente el enemigo derrotado, el que intenta una vez y otra vez causar daño, el mayor posible.

Lo grave es que lo consigue, porque pareciera que siempre estamos dispuestos a facilitarle esos tiempos de evocaciones, en la que nos encontramos repitiendo errores, fracasos y desilusiones. Olvidando que lo que hoy vemos color de rosa, era en realidad negro tenebroso. Yo mismo me pregunto, como es posible que un hombre que se llama hijo de Dios caiga en una trampa tan evidente?

Y la respuesta no es menos contundente. El enemigo nos lleva a revivir lo malo, porque es una manera de hacernos dudar del Perdón del Eterno y de que su Amor cubre nuestra vida, incluyendo nuestro pasado.

Cuando dudamos que hemos sido perdonados, que nuestro pasado quedó en las aguas del bautismo, entonces abrimos la brecha por la que el enemigo nos hace revivir lo pretérito, primero con seducción y luego con dolor.

La antigua artimaña de seducirnos para que abramos nuestra memoria hacia todo lo que debemos de guardar en el olvido, es muy eficaz, sobre todo con quienes somos débiles en la fe.

Una y otra vez me repito que el enemigo no puede tener poder sobre mi vida, especialmente la que espero con la certeza de que será lo mejor porque está bajo la Soberanía de quién me ama y tiene Misericordia que derramará cada día hasta el fin.