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En su infinita Sabiduría el Eterno concibió el planeta donde se desarrollarían las joyas de su Creación. Dotó a la Tierra de todos los elementos físicos y naturales para que la vida fuera posible. En su infinita Omniscencia, el Soberano concibió la división del tiempo para que tengamos referencias ciertas, para que nos sea posible vivir con orden, el mismo con el que Creó el mundo. Con la frivolidad que caracteriza a los años que vivimos, una vez más comentamos acerca del cambio de las estaciones en los hemisferios norte y sur.

Y como casi siempre, los relacionamos con los sentimientos, las emociones y más frívolamente aún, con los necesarios cambios de vestuarios, propios de las cambiantes temperaturas.

Pero, pocos, muy pocos, recordamos que las estaciones son otra muestra de la Grandiosa imaginación del Creador, que nos concedió a los hombres signos evidentes para que advirtamos que cada tanto tiempo iniciamos nuevas etapas en nuestra vida cotidiana.

Ignorando o frivolizando, tratamos de permanecer indiferentes a la prodigiosa demostración que el Eterno nos ha dado a los seres humanos, de su Poder y de su Majestad.

No es necesario imaginar ninguna forma de adoración con relación a las estaciones, sino tener presente que forman parte de la Creación de Dios, para su propia honra.