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En la ciudad gallega con más perros por habitante, el duelo por las mascotas no está muy reconocido socialmente, aunque también existe. En Vigo hay 39.308 perros pero, hasta hace poco, cuando a un propietario se le moría su animal de compañía tenía pocas opciones para deshacerse de su mascota y ninguna para elegir cómo despedirse de él. El balance con el que el único tanatorio de mascotas de la ciudad ha cerrado su primer año de actividad evidencia la demanda de este servicio.

«Hemos realizado un centenar de velatorios, más de cien incineraciones individuales y superado las cuatrocientas colectivas», confirma Belén Abalde. Es la gerente de Cremandogal, un proyecto propio para el que se asoció con el grupo San Marcos. «Es una fusión perfecta entre su profesionalidad y experiencia en el mundo de las funerarias con mi amor y cariño por los animales», considera.

Su amor tiene nombre propio y es una perra que se llama Trufa. «Se estaba haciendo muy mayor y me di cuenta de que en Vigo no teníamos un lugar en el que enterrar y darles un último adiós a nuestras mascotas». El 95 % de los usuarios de sus instalaciones son canes o gatos, pero el abanico es cada vez más variado y, detrás de cada caso, hay historias muy diferentes.

«El servicio es igual al de un tanatorio de personas, no deja de ser un servicio funerario que hay que hacer con todo el cariño y respeto», insiste Belén Abalde. Ella ha acompañado a muchas familias en sus despedidas y recuerda hasta los nombres de las mascotas con las que ha trabajado en este tiempo. «Hemos hecho velatorios para la tortuga Lola, para perros como Luca o Greco, o periquitos como Silver, cuyas cenizas se metieron meses después en la misma urna de su compañero Diamante, que era un conejo», recuerda, sin olvidarse de un hurón. Asegura que sus clientes tampoco tienen un perfil concreto.

«Hay gente joven y de mediana edad. Algunos traen otras mascotas al velatorio o vienen con amigos», indica. Una de las historias que más le conmovió fue la de Luca. «Se reunió toda la familia para la despedida, el padre y los niños recordaron en la intimidad los mejores momentos que habían disfrutado con su mascota y se abrazaron todos escuchando la canción de My name is Luka, de Suzanne Vega», recuerda.

«Hay gente que dice que estamos humanizando el mundo de las mascotas», dice Belén Abalde. Lo cierto es que no es extraño escuchar historias sobre animales que mueren de pena poco después de que lo haya hecho su compañero o su dueño, como Hachiko, que siguió esperando en Tokio a que su amo volviese de dar clases en la universidad durante casi una década después de que el hombre falleciera. Los vínculos son recíprocos y de ahí, indica Abalde, el derecho a despedirse en un lugar acogedor.

«Hay clientes que se llevan las cenizas para guardarlas y para que cuando ellos fallezcan las coloquen con ellos», explica la gerente de Cremandogal.

El sistema y los servicios son también similares a los de cualquier otro tanatorio. La cremación individual oscila en función del peso de la mascota hasta un máximo de 300 euros. «Por la sala de velación no cobramos nada, cómo van a pagar por utilizar ese espacio», dice. El servicio depende del caso. Pueden recoger al animal a domicilio, o en el veterinario si fuera el caso. Asumen el papeleo y registran al animal, «porque cada uno tiene su número».

Después lo conservan en cámara de frío y, si es un velatorio presencial, preparan y asean el animal. «La exposición suele durar 15 o 30 minutos, están en el túmulo como si estuvieran dormidos y, los sacamos antes de la incineración por si la familia quiere darle un último mimo», indica. En dos horas pueden llevarse las cenizas y el precio incluye la urna en madera. Hay otras opciones como portavelas de metal, que llevan las cenizas dentro o relicarios.