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Un anciano de 97 años salva su aldea de ser derruida llenando los edificios de color.

Hay historias que son realmente inspiradoras, que nos dan ganas de todo, que hacen que creamos que con voluntad y buena fe pueda conseguirse un mundo mejor, que se pueda alcanzar cualquier sueño.

La experiencia es un grado y aunque muchos piensen que cuando uno llega a la tercera edad ya está todo hecho, que no quedan ganas de seguir luchando, está equivocado; ejemplos como el de Don Justo o el de Huang Yung-fu son ejemplos de que nuestra existencia gris puede llenarse de vida y color.

Todos esos incrédulos que creen que la fe no mueve montañas o que una pequeña acción no puede suponer un cambio drástico, deben conocer esta historia. Imaginad que a los 86 años, el Gobierno de vuestro país pretende echaros de ese lugar en el que habitan todos vuestros recuerdos y están bien incrustadas vuestras raíces; imaginad que la burocracia decide despojaros de la propiedad que tantos años de vida y esfuerzo os ha costado conseguir. Huang Yung-fu era el último residente de su aldea y el gobierno de Taiwán estaba considerando destruirla para construir un nuevo complejo de apartamentos. Las autoridades le ofrecieron dinero para que se mudara a otro lugar, pero Huang no podía imaginarse fuera de allí por lo que decidió ponerse a pintar y combatir al gigante del capitalismo a golpe de imaginación y creatividad. Huang, conocido como “Rainbow Grandpa”, nació en China bajo el sino de ser un luchador que participó en conflictos como la Segunda Guerra Mundial o en el bando del Partido Nacionalista contra el gobierno comunista. Cuando los nacionalistas perdieron, huyó a Taiwán y fue alojado en una aldea improvisada que se acabó convirtiendo en ese hogar del que pretendían echarlo; Huang recuerda que todos formaron una gran familia, hasta que empezaron a mudarse o a fallecer y él empezó a combatir su soledad con el arte. Huang Yung-fu empezó su vital empresa pintando un pequeño pájaro en su casa y después siguió añadiendo gatos, aves y personas que comenzaron a llenar los muros de los edificios abandonados de la aldea. En 2010, un joven se topó con este peculiar sitio y, tras escuchar la historia de Huang, decidió ayudarlo tomando algunas fotos del pueblo e iniciando una campaña de recaudación de fondos que rápidamente se hizo viral gracias a la solidaridad de la gente. El Gobierno rápidamente entendió que tenía conservar el lugar porque se ha convertido en un sitio turístico y en el ejemplo de que los sueños se pueden hacer realidad y arrojar una luz que nos llena de color el corazón y la esperanza.