Hoy en Salero y Candil, Daniel Valuja nos comparte una reflexión en una noticia de actualidad. Para la mayoría de niños crecidos en la España de los setenta, la primera imagen que su retina guarda de un cocodrilo es la de Johnny Weissmuller, eterno Tarzán, girando abrazado a la bestia hasta asestarle una puñalada mortal. En el blanco y negro de aquellas películas que amenizaban los sábados por la tarde, se apreciaba a duras penas la grandeza de este reptil, venerado en distintas culturas de la antigüedad, vestigio vivo de los grandes saurios y poseedor de la mordedura más potente del reino animal. Rodadas en los años treinta se convirtieron en clásicos del cine de aventuras por sus emocionantes escenas de acción con animales (muy logradas para la época), en las que se incluyeron algunos ingenios mecánicos como los cocodrilos, ciertamente conseguidos. Aquellos muñecos animados se parecen muy poco a los cocodrilos robóticos utilizados por la BBC en su serie documental Spy in the Wild, un proyecto emitido el pasado año en la televisión pública británica y cuya principal aportación era precisamente la utilización de robots para captar imágenes desde una cercanía nunca antes conseguida. Y es que los documentales de naturaleza han sido siempre un terreno propicio para probar innovaciones tecnológicas que permitieran acercarse a la vida de los animales se la forma menos intrusiva posible. Porque, por más que las hazañas de Félix Rodríguez de la Fuente nos hicieran enamorarnos de la Naturaleza, o las excentricidades de Frank de la Jungla hayan ofrecido algunos ratos entretenidos, lo cierto es que cualquier presencia humana -por cuidadosa que sea- altera las actividades habituales de las especies que se quieren retratar. En ese intento de mostrar la fauna de nuestro Planeta con valores didácticos, la BBC ha jugado un papel principal produciendo grandes series documentales como los dirigidos y presentados por David Attenborough, especialista en llegar a a lugares recónditos y uno de los imprescindibles divulgadores del siglo XX. De la filmación de Living Planet (1984) se cuentan, entre otras anécdotas, que uno de los cámaras tuvo que acercarse hasta 25 metros de un oso polar para coger un primer plano. Más de 30 años después una temeridad semejante no ha sido necesaria gracias a las cámaras instaladas en los ojos de los “espías” utilizados en Spy in the Wild, diseñados y fabricados por algunas de las empresas y centros de investigación más avanzados del mundo. Uno de estos laboratorios es Biorobotics, perteneciente a la Escuela Politécnica Federal de Lausana, en Suiza, especializado en estudiar y reproducir la movilidad de diferentes animales para construir robots que puedan imitarla. De este laboratorio salieron dos robots que fueron utilizados en Spy in the Wild, concretamente un cocodrilo y un lagarto capaces de imitar con gran fidelidad los movimientos de estos grandes reptiles para desplazarse en su hábitat natural. Gracias a ello -y a las cámaras instaladas en sus ojos- los espectadores de la BBC pudieron observar como nunca antes la vida de los cocodrilos en Uganda. El campo de investigación de Biorobotics es la intersección entre la robótica, la neurociencia computacional, los sistemas dinámicos no lineales y el aprendizaje automático. Aunque su colaboración con la BBC les ha permitido alcanzar una notoriedad pública de la que no suelen disfrutar los centros científicos, los objetivos de Biorobotics están puestos en conseguir máquinas cada vez más similares a los animales reales que podrían servir, por ejemplo, para localiza y rescatar víctimas en desastres naturales.