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Laodicea llegó a ser una importante ciudad de Frigia en el período romano. Fue la capital de un grupo de por lo menos 25 ciudades. También era la ciudad más acaudalada de Frigia, y especialmente próspera en este período. La ciudad reflejaba el paganismo: Zeus era el dios patrón de la ciudad, pero los laodicenses también tenían templos para Apolo, Esculapio (la deidad sanadora), Hades, Hera, Atenea, Serapis, Dionisio y otras deidades.

Laodicea fue un centro bancario muy próspero; orgullosa de sus riquezas, se rehusó a recibir ayuda de parte de Roma para aliviar el desastre ocurrido después del terremoto del 60 d.C. y pudo reconstruirse a partir de sus propios recursos. También fue reconocida por la calidad de su material textil (especialmente la lana negra) y por su escuela de medicina, con su medicina para los oídos y, sin dudas, su colirio de tan alta reputación. Con todo lo exterior en lo que Laodicea pudiera tener confianza, a su iglesia, que reflejaba su cultura, le faltaba espiritualidad.

Parece que la iglesia compartía los valores de su cultura, poseyendo una autosuficiencia arrogante en asuntos tales como su prosperidad, sus telas y los avances en la salud, todos ellos desafiados por Jesús en este pasaje.

En la única esfera de la vida en que Laodicea no podía jactarse de ser autosuficiente era en sus suministros de agua. Laodicea tenía que trasladar su agua por tuberías desde otras partes, y para el tiempo en que el agua llegaba, ya estaba llena de sedimento. Realmente Laodicea adquirió una muy mala reputación por sus suministros de agua. Jesús hace una observación respecto a la temperatura del agua: no era ni fría ni caliente; era tibia.

Esto no significa, como algunos han sugerido, que el agua caliente era buena y que el agua fría era mala; Jesús no querría a los laodicenses “buenos y malos”, sino solamente los buenos.

El agua fría era preferida a la hora de beber, y el agua caliente, para los baños (que también se bebía en los banquetes), pero la tibieza natural del agua local (en contraste con el agua caliente disponible en la cercana Hireápolis o el agua fría procedente de las montañas aledañas) era, sin dudas, una queja común por parte de los habitantes de aquella ciudad, la mayoría de los cuales tenía además un estilo de vida confortable.

Jesús está diciendo: “Si fueras caliente (es decir, buena para el baño) o fría (es decir, buena para beber), serías útil, pero así, de esa manera, eres simplemente desagradable. Lo que siento hacia ti es lo mismo que tú sientes por tu suministro de agua: me repugnas”.