La Apologética consiste en defender nuestra fe ante aquellos que nos demandan razón de ella. El argumento moral o axiológico, se propone probar que los valores morales deben ser objetivos y universales si han de tener algún sentido. Si los valores morales son objetivos, su origen debe remontarse a un ser personal y trascendente, a quien las acciones y las motivaciones humanas no le son indiferentes.

En nuestra cultura, la postura moral predominante es el relativismo. Este sostiene que las sociedades o los individuos deciden qué está bien y qué está mal, y que esos valores varían de una cultura a otra y de una persona a otra. No hay verdades morales objetivas y universales, sino una serie de pautas de conducta creadas por la gente para la gente y, por lo tanto, sujetas a cambios. Se conocen tres formas o expresiones diferentes del relativismo: el relativismo cultural, el convencionalismo, y el subjetivismo ético.

Quizá la falla fundamental de esta concepción está en su inocultable contradicción interna. ¿Toda verdad es relativa? Si se responde afirmativamente, la propia respuesta plantea un dilema, puesto que esa afirmación debería tener validez universal. Y si la concepción relativista no puede aplicarse a todo el mundo, entonces surge otra pregunta ¿por qué el relativista busca imponer su idea de moral en los demás? Como vemos, de un modo u otro, el subjetivismo cae en su propia trampa.

Paul Copan señala que la concepción relativista queda atrapada en una «falacia de auto exclusión» al sostener que una afirmación se cumple para todos excepto para ella misma, es decir, pretende decir “nada es objetivo ni universal, salvo yo que si lo soy.” Esto es una afirmación que no cumple con su propio criterio de verdad. Pensemos por un momento: aunque una visión del mundo pueda poseer coherencia o lógica interna y aun así, pueda ser falsa, ninguna visión del mundo puede ser verdadera si se contradice a sí misma.