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Por la fe habitó como extranjero en la tierra prometida como en tierra ajena, morando en tiendas con Isaac y Jacob.

Abraham tenía una visión que iba más allá de lo presente. Aunque tenía riquezas, su esperanza no estaba puesta en lo terrenal ni en lo temporal, él veía más allá, a lo que Dios tenía preparado para él. Abraham había llegado a la tierra que Dios le había prometido, vivía en Canaán y Dios le había asegurado que le daría “esta tierra” (Génesis 12:7), donde estaba.

Si eso era así y Abraham lo creía firmemente, ¿por qué entonces no construir una casa y establecerse allí? No era que Abraham dudara de la promesa de Dios o que estuviera descontento con lo que Dios le había dado, pero él podía mirar alrededor y ver los pueblos que vivían allí y saber que Dios tenía algo mucho mejor que lo que ellos tenían.

El hecho que Dios le hubiese dado esa tierra no le daba licencia a Abraham de mezclarse con las naciones de alrededor, cosa que no entendió Lot, quien se estableció (y se mezcló) en Sodoma, para su propia caída espiritual. Abraham veía más allá y sabía que Dios tenía planes mayores para él. ¿Podemos nosotros también ver esto? Hemos recibido la salvación y con esto grandes bendiciones que antes no podíamos disfrutar porque el pecado tenía nuestra relación con Dios rota. Pero todavía hay mucho más, “Amados, ahora somos hijos de Dios, y aún no se ha manifestado lo que hemos de ser” (1 Juan 3:2). No nos vamos a establecer y mezclar con este mundo, Dios tiene preparadas mejores promesas.

Por lo tanto debemos mantener nuestro carácter de “peregrinos y extranjeros” (1 Pedro 2:11). Extranjeros, porque no somos de aquí, estamos en el mundo pero no somos del mundo; peregrinos, porque vamos rumbo a una patria mejor, el cielo.

La convicción de Abraham era tan firme que influenció también a Isaac y Jacob, quienes tomaron este mismo ejemplo. Necesitamos, pues, practicar lo que nos dice Pedro: “vosotros también, poniendo toda diligencia por esto mismo, añadid a vuestra fe virtud; a la virtud, conocimiento; al conocimiento, dominio propio; al dominio propio, paciencia; a la paciencia, piedad; a la piedad, afecto fraternal; y al afecto fraternal, amor. (2 Pedro 5-7). Es cuando fallamos en esto que nuestra vista se vuelve corta (v.9) y pensamos más en lo terrenal que en lo celestial.