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Debemos dejar a Dios la salvación de aquellos a quienes testificamos. Es el poder y la gracia de Dios lo que salva a la gente, no nuestros esfuerzos. Mientras que es bueno y sabio estar preparados para presentar una vigorosa defensa y tener conocimiento de las falsas creencias de quienes enfrentamos, ninguna de estas cosas resultará en la conversión de aquellos atrapados en las mentiras de las sectas y las falsas religiones.

Lo mejor que podemos hacer es orar por ellos, testificarles, y vivir la vida cristiana frente a ellos, confiando en que el Espíritu Santo hará la obra de atraerlos, convencerlos y convertirlos.