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Laboratorio de pensamiento es un programa presentado y dirigido por Carlos Fumero. Cuando hablamos de discipulado, es imposible no hablar de estilo de vida. Es que, en reali­dad, el discipulado es un estilo de vida. De hecho, cuando Jesús llamó a sus discípulos, estando junto al mar, les dijo:

«Venid en pos de mí, y os haré pescadores de hombres. Ellos entonces, dejando al instante las redes, le siguieron» (Mat. 4:19, 20). El llamado confronta al futuro discípulo en media del bullicio diario de la vida. Sorprende, se entremete e interrumpe la rutina normal. El llamado de Jesús nos convoca a caminar con Jesús en santidad, abandonan­do cualquier seguridad que podamos haber tenido.

En este nuevo estilo de vida que llamamos disci­pulado, la santidad es la meta final (1 Ped. 1:14-16). El llamado de Cristo al discipulado es una invitación a vivir una vida que está separada de pasiones, estilosy caminos pecaminosos. Es un llamado para «salir», para estar separado (Isa. 52:11; 2 Cor. 6:14-18); una súplica a estar en el mundo y, con todo, a no ser del mundo; a ser santificado por la Palabra, y estar firmemente comprometido con Jesús (Juan 17:16, 17).

Pero cómo se puede llegar a ser santo, fuerte, noble y puro cuando, como exclama el salmista, los huma­nos hemos sido formados en maldad y en pecado (Sal. 51:5); una condición absolutamente incompatible con la santidad’?

El surgimiento de un nuevo ser como esté, es completamente obra de Dios. Con amor, Dios penetra a través del ciclo vicioso de pecado, y ofrece perdón y libertad de la culpa y la deuda. El pecador queda separado de sus lealtades anteriores, y un compromiso nuevo orienta todas sus energías para que lleve el fruto del Espiritu (Gál. 5:22, 23). Esta es la obra de la justificación.

La santidad, en cambio, como pureza moral, es un concepto dinámico. No solo se expresa en la naturaleza del discípulo nacido de nuevo, sino también en su con­ducta. Un discípulo llevará una vida santa, justificada, que se notará además por su habla y alimentación, por sus actividades, entretenimientos y asociados. Todas estas áreas serán santificadas, apartadas de los valores y las formas de vivir pecaminosos y profanos, y reflejarán, por encima de todo, el compromiso que el cristiano tiene para con Dios.

El discípulo en busca de la santificacion considera la obediencia a Dios y el servicio altruísta a los demás como el objetivo principal de cada acción. Jesús des­cribe la vida de un discípulo en términos de amor a Dios y al prójimo (Mat. 22:37- 40). El amor es el fruto supremo del Espíritu (Col. 3:14; Gál. 5:22), y un resul­tado final del acto redentor de Dios. Encuentra tanto su fuente como su razón en Dios (1Juan 4:10, 11, 19). En este sentido, el amor no es una disposición o un senti­miento; es una decisión y una actitud.

Motiva y controla todas las relaciones personales, interpersonales y sociales. Un discípulo verdadero cuidará el cuerpo, la mente y el alma de tal forma que preservará y realizará la identidad cristiana personal, y la felicidad. En las relaciones interpersonales y sociales, el amor exige el mismo respeto por la identidad y la felicidad del otro.