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Se cuenta que un pescador llegó hasta la orilla del mar y lanzó su anzuelo y al poco rato, llegó un hombre que se sentó y pasó largo tiempo mirando lo que sucedía. Se cuenta que un pescador llegó hasta la orilla del mar y lanzó su anzuelo y al poco rato, llegó un hombre que se sentó y pasó largo tiempo mirando lo que sucedía.

Al cabo de varias horas de infructuosos intentos, el pescador decidió poner fin a la pesca, guardó cuidadosamente todo lo que había traído y se alejó de la orilla.

Cuando pasó al lado del hombre que lo había estado mirando, este le dijo: Que frustración, tantas horas de pesca y para nada. El pescador le respondió: La frustración debe ser la suya, horas sin hacer nada…yo por lo menos lo he intentado. Y se alejó.

Esta historia me hizo recordar algunos pasajes de mi propia vida. Incluyendo la época en que era un simple espectador, con el agregado de que además era un fuerte crítico de lo que hacían los demás.

Y profundizando en el tema, me vino a la Memoria lo relacionado con el Espíritu Santo. Solo cuando comprendí la magnitud de su Poder, fue cuando verdaderamente cambiaron mis actitudes.

Durante bastante tiempo, consideré que el Mandato de Jesús de predicar el Evangelio, no era para mí, porque nunca tuve la certeza de que tuviera el llamado para ser evangelista.

Pero esta conclusión no fue otra cosa que una trampa diabólica en mi vida, sencillamente porque hay muchas formas de evangelizar y con ese engaño de la falta de llamado, yo no había puesto en práctica ninguna.

Puedo evangelizar sin hablar, con mis actitudes, que tal vez sea lo más difícil de hacer, pero es la forma que nos permite llevar la Palabra de Salvación todo el tiempo, a cada momento, en todas las circunstancias.

Simplemente con ceder el asiento a quién lo necesite, estoy evangelizando porque siempre hay quienes advierten este tipo de actitudes. Y de esta manera, permitimos que el Espíritu Santo complete su Obra.

ÉL es el que convence, ÉL es el que toca los corazones, ÉL es el que actúa en la mente y el entendimiento de las personas, que recibieron el Mensaje de cualquiera de las maneras posibles.

Hagamos como el pescador que lanzó el anzuelo y dejemos que el Espíritu transforme las vidas. No seamos solamente…el que mira, porque es la más triste de las formas de vivir. Y la peor forma de presentarnos ante Jesús.