El Señor en este clima de fiesta y despedida – no olvidemos que todo este diálogo tiene lugar durante la cena de la Pascua (Juan 13) – da a conocer a sus discípulos algo tan importante, como la absoluta necesidad de permanecer unidos a Él. Para hacérse­lo más comprensible, toma como referencia la vid, cuyo vino habían degustado duran­te la cena.

El Señor en el Antiguo Testamento usa este símil para referirse a su pueblo Israel (Salmos 80:8; Isaías 5:1-7; Jeremías 2:21), que le dio uvas silvestres.

Pero ahora, al final de los tiempos, el Dios y Padre nos ha injertado a los gentiles en la “vid Verdadera” que es Su Hijo Jesucristo, por medio de la fe. No hay otra “vid ver­dadera” que pueda dar los frutos agradables al Padre, ni hay otro labrador que conoz­ca los cuidados adecuados de esa vid y sus sarmientos que el Padre mismo.

Jesús hace una seria advertencia a sus discípulos: “Todo pámpano que en Mí no lleve fruto lo quitará” (v. 2). Esta es la labor del labrador, cuando ve en la vid sarmientos que no llevan fruto, los desgaja de la vid para que no estorben a los otros sarmientos que sí llevan fruto. Pero incluso estos sarmientos que llevan fruto son limpiados para que el fruto sea más abundante y mejor. El Señor Jesús dice a sus discípulos que Su Palabra es el instrumento para limpiar diariamente los sarmientos que están unidos a esa vid y llevan fruto.