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Imposible entender nada de las bienaventuranzas, si no tenemos en cuenta lo que dijimos el domingo pasado del "Reinado de Dios". Dios dentro de ti es lo esencial. Todo lo demás es accidental. La falta de lo externo, lo secundario, nunca podrá anular lo esencial, pero tampoco lo accidental podrá sustituirlo.

Para todo el que no haya tenido esa experiencia interior, las bienaventuranzas son un sarcasmo. Es completamente absurdo decirle al pobre, al que pasa hambre, al que llora, al perseguido: ¡qué suerte tienes! ¡enhorabuena!

Intentar explicarlas racionalmente es una quimera, porque su dinámica está más allá de toda lógica. Se trata sin duda del mensaje más original y provocativo de todo el evangelio. No son nada fáciles de entender. Las bienaventuranzas empezaron a necesitar explicación cuando los cristianos abandonaron la vivencia interior.

Sobre las bienaventuranzas se ha dicho de todo. Para Gandhi eran "la quintaesencia del cristianismo". En cambio para Nietsche eran una maldición, ya que atentan contra la dignidad del hombre. Entre estos dos extremos podemos encontrar explicaciones para todos los gustos.

Sería un verdadero milagro hablar de las bienaventuranzas y no caer, en demagogia barata para arremeter contra los ricos, o en un espiritualismo que las deja completamente descafeinadas y por lo tanto inofensivas. En los dos extremos hemos caído a través de la historia.

Las bienaventuranzas son los textos que mejor expresan la radicalidad del evangelio. Tal vez la formulación, un tanto arcaica, nos impide descubrir su importancia. En realidad lo que quiere decir Jesús es que seríamos todos mucho más felices si saliéramos de la dinámica del consumismo egoísta y entrásemos en la dinámica del compartir.

Mateo coloca las bienaventuranzas al principio del primer discurso programático de Jesús. Bien entendido que es un montaje de Mateo. No es verosímil que Jesús haya comenzado su predicación con un discurso tan solemne y radical como este.