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Un día, un joven pastor se encontraba en la cima de la montaña con su rebaño de ovejas. Él era el responsable de cuidarlas y vigilarlas.

Al pie de la montaña, un grupo de campesinos trabajaban la tierra. El pastorcillo que vio desde lo alto cómo cavaban una y otra vez con sus azadas, pensó: «Me apetece burlarme de ellos un rato, voy a engañarlos».

Entonces chilló:

—¡Un lobo, un lobo!

Los campesinos prestaron atención y oyeron los gritos:

—¡Socorro, socorro! ¡Es el lobo, el lobo!

—Vamos, dijo uno. Y todos subieron a la cima de la montaña para auxiliar al pastor.

Cuando llegaron se lo encontraron carcajeándose mientras les decía:

—Jajaja, aquí no hay ningún lobo, jajaja.

Los campesinos, más enfadados que antes, dijeron:

—¡No nos vuelvas a engañar!

Dieron media vuelta y se fueron montaña abajo para seguir trabajando.

Aún se estaba riendo el pastorcillo cuando, de repente el lobo asomó su enorme hocico a través de los setos. Temblando de miedo el pastorcillo gritó:

—So, so, socorro, ayuda, el, el, el lobo. Y corrió con todas sus fuerzas para escapar de allí.

Los campesinos, que habían oído los gritos, comentaban:

—Otra vez ese pastor, siempre nos está engañando, seguro que otra vez es mentira.

Y a continuaron como si nada ocurriese el lobo se comió, una a una, todas las ovejas del rebaño.

El pastorcillo, siempre mintiendo y engañando, al final tuvo su merecido.