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Algunos dichos están aquilatados por el uso y parecen estar fuera de discusión las verdades que promueven, habiendo uno en España que dice lo siguiente: ‘El hombre es el único animal que tropieza dos veces en la misma piedra’. Ciertamente la realidad de la frase la podemos comprobar todos los días, no solamente en la experiencia de otros sino en la nuestra propia también.

Equivocaciones y caídas son constantes en nuestra existencia, pero no únicamente las inéditas o las nuevas que nunca antes hemos cometido, sino también aquellas en las que hemos tropezado una y otra vez. Si fueran nada más que las desconocidas, tendrían un pase las torpezas, al haber un factor eximente en ellas, pero al ser siempre las mismas, esa reiteración se convierte en un agravante. Tal vez en el dicho hay un torno de sorna escondido, al poner al hombre en la categoría de los animales, pero situándolo en el nivel más inferior, porque de ellos ninguno llega a cometer el mismo error dos veces, con lo cual el ser humano resulta ser el más animal de todos. Y es que, efectivamente, si los animales tienen la desventaja de no poseer las facultades que nosotros tenemos y aun así actúan con más entendimiento, eso significa que la posesión de facultades superiores por nuestra parte va en nuestro detrimento, al no emplearlas como deberíamos hacerlo. En definitiva, lo que es ventaja y privilegio se convierte en acusación y cargo en nuestra contra. ¡Paradójica y desdichada condición en la que hemos quedado!

Pero no solamente en el nivel individual el dicho resulta comprobable; también en el nivel colectivo lo es, porque la historia de los pueblos es una constante repetición de los mismos errores, hasta el punto de que lo que una generación aprendió duramente, la siguiente lo desechará, como algo inservible. Y de esta manera se volverá a caer de nuevo en el mismo hoyo en el que ya se cayó, haciendo así un triste honor a la frase que dice:

‘La única lección que la historia nos enseña es que no aprendemos nada de ella’. Y de poco servirán las resoluciones y votos que en un momento dado se hagan, cuando se ha salido escaldado de un grave escenario, porque pronto caerán en el saco sin fondo del descuido, de tal manera que se volverá otra vez a las andadas.

Hay un tweet de Dios que dice lo siguiente: ‘Como perro que vuelve a su vómito, así es el necio que repite su necedad.’ (Proverbios 26:11). Este dicho es mucho más antiguo que el del hombre y el animal, al que corrige, porque enseña que sí hay animales que tropiezan dos veces en la misma piedra, como es el perro, que después de haber vomitado, vuelve para olisquear y lamer lo que ha desechado.

Resulta llamativa la ilustración, porque aquello que le ha hecho daño es lo mismo que, pasado un tiempo, vuelve a buscar. ¿Cómo puede ser así? Tal vez el olvido, tal vez la curiosidad, tal vez el olfato, sean factores que se unen para impulsar a ese animal a regresar al desecho. Pero si ya le hizo daño la primera vez, es evidente que le volverá a hacer daño la siguiente.

La segunda parte del tweet compara la acción del perro con la del necio, que vuelve a repetir su necedad. Así como hay algo en la naturaleza del perro que le impulsa a rebuscar en lo perjudicial, del mismo modo hay algo en la naturaleza del necio que le lleva otra vez a lo nocivo. Pero ¿en qué consiste el problema del necio? Para dilucidar esa pregunta nos puede ayudar el caso del perro. ¿En qué consiste el problema del perro? Sencillamente en que es perro, y, por tanto, actúa como tal.

¿En qué consiste el problema del necio? Sencillamente en que es necio, y, por tanto, actúa como tal. No es su repetitivo acto lo que le hace necio, sino que es su necedad lo que le arrastra a repetir el acto. Y aquí es donde nos adentramos en un truculento escenario, porque resulta que el necio está abocado a multiplicar sus necedades, si bien que esté abocado no le excusa de responsabilidad.

Tras cruzar milagrosamente el Mar Rojo, tres días más tarde, Israel se topó con la dificultad de la falta de agua en Mara y comenzó a murmurar. Era la primera vez que se encontraban ante esta circunstancia y aunque tenían sobradas pruebas sobrenaturales y muy recientes por parte de Dios, no obstante, vertieron numerosas quejas y protestas. Pero allí vieron la extraordinaria provisión. Mas no habían pasado ni tres meses, cuando en Refidim comenzaron a contradecir otra vez por la misma cuestión.

Verdaderamente se trataba de un asunto de necedad, al repetir la misma actitud. ¿Fue un problema únicamente de esa generación? Ni mucho menos. Porque cuarenta años después, sus hijos en Cades promovieron un altercado por la falta de agua, que le costó caro a Moisés, pero más a ellos. ¿Fue su única pendencia? No. Poco después, rodeando la tierra de Edom, estaban de nuevo quejándose por el agua. Y es que el perro vuelve a su vómito. Vez tras vez. Generación tras generación.

¿Hay esperanza, pues, para el necio? Desde la perspectiva humana, no. Pero hay un determinado lugar donde se le hace este llamamiento: ‘Y vosotros, necios, entrad en cordura.’ (Proverbios 8:5), lo cual indica que, si atiende a esa voz que le llama, puede cambiar de ser necio a ser cuerdo. Es la voz de la Sabiduría quien así nos habla y caer en la cuenta de nuestro estado de necedad es la primera y necesaria condición para salir de tal estado.