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Llevo mucho tiempo meditando acerca de la mentira, su origen, y como se ha propagado de tal manera en nuestra sociedad, que ya se miente en forma pública y sin ruborizarse. Y sin temor a poder ser abiertamente rebatido con un sinfín de pruebas que, en su mayoría y gracias al internet, son de público conocimiento o de fácil acceso a las mismas sean escritos, audios o videos. Es por esto que hay palabras que se han convertido de las más utilizadas como “fake” o “bulos” y ambas hacen alusión a las mentiras.

Y la sociedad en su conjunto parece estar cauterizada por las mentiras. Antes cuando a alguien se lo pillaba en una mentira, era tal su descrédito que ya no era apto para ocupar el sitio que ostentaba, sea como político, empresario, empleado, cargo público, comunicador o cualesquiera otras funciones que pudiera estar desempeñando en ese momento. La vergüenza era tal, que el mentiroso era obligado, presionado por su entorno y la sociedad a dimitir, o sino era cesado en su función, con inhabilitación para regresar a su función y el estigma que lo perseguiría en su futuro, o se lo destituía. Era una condena social, que ahora mismo no existe.

La mentira era penada, condenada en todas sus formas. Pero en la actualidad no es así. Porque la condena de la mentira y del mentiroso varían. Debo aclarar que seguramente para muchos no es así, pero convendrán conmigo que en general se está viviendo la situación que a continuación voy a describir: la condena de la mentira y del mentiroso que en forma personal hace mucha gente, es en función de su cercanía ideológica con el mentiroso y de su conveniencia o no de la mentira. Esto significa que es punible si es ideológicamente contrario y por el contrario, tolerable y permisible si es ideológicamente afín.

Seguramente estarán pensando que me refiero a la política y a los políticos. Y no falta razón. Pero no únicamente a ellos, sino que si analizamos bien esta situación se repite en los demás ámbitos de la vida, y si nos descuidamos podemos llegar a encontrarla hasta en la Iglesia del Señor.

La Palabra del Señor dice en Proverbios 20:10 “Pesas falsas y medidas desiguales el Señor detesta cualquier tipo de engaño” (Nueva Traducción Viviente).

Por lo tanto creo que debemos entender que si tenemos ese tipo de “pesa y medida” “falsa y desigual”, significa que por algún motivo juzgamos y tratamos de manera diferente una misma situación, y eso significa que entramos en directo entredicho con la voluntad de Dios manifiesta en su Palabra.

A lo largo de estos años me he encontrado que hay cristianos que pareciera le tienen más fidelidad a su ideología política, a su nacionalidad, a su raza o costumbres, que la Biblia. Que dentro suyo y no se por qué motivo, pesan más dentro de sus corazones que la Palabra de Dios, defendiendo lo indefendible. Y lo peor que cuando se les confronta, en vez de cernirse en su argumentación a defender cuál es motivo de esa defensa, atacan a la parte contraria, como si las mentiras de uno justificasen las mentiras de los otros. Y esto no es así, el pecado, y en este caso la mentira, es mentira y repudiable si viene de políticos de “derechas” o de “izquierdas”, de empresarios o sindicalistas, de sacerdotes o de pastores, etc. Etc.

Espero que se entienda correctamente, el pecado no cambia su naturaleza según de donde provenga, o si está o no de acuerdo con mis ideales. Delante de los ojos de Dios es el mismo. Y si tenemos la mente de Cristo, para nosotros debería ser así.

Pero, la gran pregunta es ¿cómo se llegó a esta situación? ¿cómo llegó a estar cauterizada la mente de la sociedad, de esta manera? La respuesta está como siempre, en la Biblia. Recordemos que en ella se nos enseña que el Diablo es “padre de mentiras” Jn 8:44

“44 Vosotros sois de vuestro padre el diablo, y los deseos de vuestro padre queréis hacer. El ha sido homicida desde el principio, y no ha permanecido en la verdad, porque no hay verdad en él. Cuando habla mentira, de suyo habla; porque es mentiroso, y padre de mentira.”

Aquí es el mismo Señor quién nos manifiesta la naturaleza de la mentira y quien la engendra, y no deja lugar a ningún tipo de duda al respecto. Por otra parte recordemos que según el Ap Pablo, este mundo (no se refiere al planeta Tierra, sino a la sociedad, su sistema y filosofía) está bajo dominio e influencia del Diablo: “siguiendo la corriente de este mundo, conforme al príncipe de la potestad del aire” (Efesios 2:2).

Pero, para poder entender bien esta situación, tenemos que ir a los inicios de la humanidad, en el mismo huerto del Edén encontramos cómo la mentira desarrolla su poder de seducción sobre los seres humanos. Allí estaban Adán y Eva en un estado de perfección administrando la creación y con una directiva clara de parte de Dios de no comer del árbol del bien y del mal que se encontraba en medio del huerto. Y dice el texto que la serpiente, astutamente, no fue en contra de la directiva dada por Dios, sino que exaltó los supuestos beneficios de no acatar esa orden.

El Diccionario de la Real Academia Española tiene tres acepciones para la palabra “seducir”, una tiene que ver con la atracción física, pero las otras dos tienen que ver con el tema que estamos tratando: a) persuadir a alguien con argucias o halagos para algo, frecuentemente malo; b) embargar o cautivar el ánimo de alguien.

Esto significa que cuando creemos y participamos de una mentira (me gustaría aclarar que si yo no miento, pero divulgo de alguna manera esa mentira, soy partícipe de ella y por lo tanto culpable de la misma manera que el mentiroso), es porque hemos sido seducidos a dejar el mandamiento de Dios por algún tipo de “apetito o interés personal”. Y esto concuerda con lo que dice el Señor, que “cuando de su propia concupiscencia es atraído y seducido” (Santiago 1:14).