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En la biblia encontramos un caso similar, pero a la vez muy diferente, sobre un joven que un día escucho una voz. Ese joven, reconocido bíblicamente como Samuel, se encontraba descansando en el santuario cuando de repente escuchó una voz que le llamaba por su nombre.

El joven Samuel inmediatamente se levantó y se presentó ante el sumo sacerdote Eli, creyendo que era él quien le llamaba, pero éste le respondió que no. Sin embargo Samuel volvía a escuchar aquella voz que le llamaba y volvía a preguntar a Eli si era él. Eli en ese momento comprendió que la voz que escuchaba el joven era la voz de Dios y le recomendó que la siguiente ocasión que la escuchara respondiera: “Habla, Señor, que tu siervo escucha”.

“Habla, Señor, que tu siervo escucha” 1 Samuel 3:9 NVI

En la actualidad Dios siempre usa diferentes maneras para hablarnos. Puede ser que no percibamos de una forma audible su voz, pero él usará, diariamente, algún medio para hablarnos a cada uno de nosotros, en cualquier circunstancia que nos encontremos.

Su dulce voz, esa voz que tiene como característica que invade y llena nuestros corazones de gozo, paz y consuelo. Una voz incomparable que refresca diariamente nuestras almas y nos impulsa a seguir adelante en la vida.

Escucha la voz de Dios, en cualquiera de sus formas. A través de la naturaleza, en la voz de un predicador, en el buen consejo de un hermano o amigo, en la dulzura de un canto, Dios siempre te hablará. Tú debes responder: “Habla, Señor, que tu siervo escucha”.