La palabra hebrea para «rostro» en el Antiguo Testamento normalmente se traduce como «presencia». Cuando buscamos el rostro de Dios, estamos buscando Su presencia. El llamado a buscar el rostro de Dios se hizo a Su pueblo porque lo habían abandonado y necesitaban regresar a Él.

El rostro de una persona revela mucho sobre su carácter y personalidad. Vemos las emociones internas de una persona que se expresan externamente en el rostro. Reconocemos a una persona mirando su rostro. En cierto sentido, el rostro de una persona representa su totalidad. Para los escritores de la Biblia, el rostro humano podía representar a toda la persona.

En el Salmo 105:4, a los fieles de Dios se les llamó a «buscar siempre su rostro». Aunque no hayamos abandonado a Dios, hay veces en las que no lo buscamos. El rostro de Dios, Su carácter santo, a menudo es oscurecido por nuestra condición humana y deseos carnales. Por eso el Señor nos insta a buscar Su rostro continuamente. El Señor desea ser nuestro continuo compañero en cada experiencia de la vida. Quiere que lo conozcamos a fondo. Si nos acercamos a Él, Dios se acercará a nosotros: «Acercaos a Dios, y él se acercará a vosotros. Pecadores, limpiad las manos; y vosotros los de doble ánimo, purificad vuestros corazones» (Santiago 4:8).

Cuando nos acercamos a Dios en oración, buscamos Su rostro: «¿Quién subirá al monte del Señor? ¿Y quién estará en su lugar santo? El limpio de manos y puro de corazón; el que no ha elevado su alma a cosas vanas, ni jurado con engaño. El recibirá bendición del Señor, y justicia del Dios de salvación. Tal es la generación de los que le buscan, de los que buscan tu rostro, oh Dios de Jacob» (Salmo 24:3-6).

La verdadera naturaleza de la adoración es buscar el rostro de Dios. El camino cristiano es una vida dedicada a buscar la presencia y el amor de Dios. El Señor quiere que busquemos humildemente y con confianza Su rostro en nuestras oraciones y en los momentos en que estamos en Su Palabra. Se necesita intimidad para mirar atentamente el rostro de alguien. Buscar el rostro de Dios equivale a desarrollar una relación íntima con Él: «Dios, Dios mío eres tú; de madrugada te buscaré; mi alma tiene sed de ti, mi carne te anhela, en tierra seca y árida donde no hay aguas, para ver tu poder y tu gloria, así como te he mirado en el santuario. Porque mejor es tu misericordia que la vida; mis labios te alabarán» (Salmo 63:1-3).

Que el rostro de Dios nos sonría es una expresión de Su bendición, amor y favor: «El Señor haga resplandecer su rostro sobre ti, y tenga de ti misericordia» (Números 6:25; ver también el Salmo 80:3, 7, 19). Cuando nos acercamos a Dios, somos bendecidos con Su maravilloso amor. No lo buscamos sólo para darle una lista de deseos y necesidades ya que sabemos que Dios ya sabe lo que necesitamos (Mateo 6:7-8, 32-33). Confiamos en que Él cuidará de nosotros.

Buscar el rostro de Dios significa desear conocer Su carácter y anhelar Su presencia, más que cualquier otra cosa que pueda darnos.