Extinción a la vista

Escrito por el 3 de abril de 2024

Este fin de semana, J. J. Madueño nos hablaba de Cartajima, un precioso pueblo malagueño en el que hace siete años que no se registra ningún nacimiento. No es ningún récord en la España vacía. Basta con hacer una pequeña búsqueda para descubrir Ledigos (Palencia, 20 años sin niños), Gatón de Campos (Valladolid, 57 años) o Valcuence (León, 64).

Y, sin embargo, es curioso porque, a diferencia de los otros ejemplos que ponía, la provincia de Málaga es una de las que más crecen del país.

Radiografía de un pueblo pequeño. El reportaje habla por sí mismo: «No hay una sucursal bancaria, ni un cajero, ni una tienda y los bares son concesiones municipales que no abren siempre. […] La farmacia no tiene muchos productos pediátricos y el médico solo va una hora y media cada día».

A efectos prácticos, para todo lo que no sea Cartajima depende de Ronda, a 19 kilómetros y 20 minutos en coche. La escuela sigue abierta, pero solo tiene siete niños. Y, pese a los planes de repoblación, las ayudas a familias y las iniciativas turístico-culturales, todos los esfuerzos parecen pocos, insuficientes.

La carcoma de la despoblación. Y, como decía, esto muestra que el problema de la España vaciada es mucho más complejo (e insidioso) de lo que solemos pensar. No sólo afecta a las provincias del interior como podríamos pensar por el estereotipo. Nada de eso. Los mismos problemas estructurales afectan a un sinfín de comarcas que, por el caprichoso relieve orográfica del país, se encuentran «lejos» de los grandes polos socioeconómicos del momento.

Un problema glocal. En España, la despoblación tiene una larga historia y sus efectos más visibles están claros (el 60% de los municipios tienen menos de 1000 habitantes, ocupan el 40% de territorio y concentran, ojo al dato, el 3.1% de la población). 

De hecho, hay muchos trabajos que analizan cómo la emigración de los jóvenes, la «drástica caída de los mercados matrimoniales locales» y el descenso de la natalidad (oculto por una fuerte inercia demográfica) hicieron que la España vaciada perdiera su futuro casi sin darse cuenta.

Sin embargo, a nivel global es un fenómeno relativamente nuevo; algo que nos preocupa desde hace muy poco. Y es que, en el fondo, casos como el de Cartajima aparecen como ‘avanzadillas’ de un fenómeno global: el de un mundo que se vacía por primera vez en la historia y, desde los años 50, el campo se lleva la peor parte.

Y lo peor no es eso. Lo peor es que, como señalaba László J. Kulcsár, «la demografía siempre ha sido un componente central en nuestro entendimiento del crecimiento económico y el bienestar social». Si no somos capaces de desacoplar esas dos cosas, «el mundo vacío» es mucho más que una curiosidad poblacional, es la promesa de un futuro peor.

La gran pregunta es evidente: ¿Podremos mantener una buena calidad de vida en un mundo en el que la economía decrece a pasos agigantados? Mientras encontramos formas ‘desaclopar’ demografía y economía, las dos grandes estrategias de intervención están fallando. Ni estamos siendo capaces de frenar el declive de la fertilidad, ni podemos apostar por la inmigración. La primera porque no sabemos cómo hacerlo, la segunda porque la época de las grandes migraciones también está llegando a su fin.

Es decir, aunque fenómenos concretos pueden despistarnos, el mundo no es más que una versión ampliada de Cartajima. Y, por eso mismo, lugares como este son los grandes laboratorios de la segunda transición demográfica:los sitios donde vamos a testar nuestra capacidad para mantener la calidad de vida, el crecimiento económico y la igualdad de oportunidades, pese al enorme declive demográfico que sufren. No será fácil, pero (visto lo visto) no quedan muchas más opciones.


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