¿Generación espontánea?

Escrito por el 14 de febrero de 2022

La creencia en la generación espontánea de la vida, o en que ciertos animales podrían surgir directamente a partir de la materia inerte, es también casi tan antigua como el propio ser humano. Tres siglo antes de Cristo, Aristóteles (384-322 a.C.) se refirió a ciertos insectos que “no son en manera alguna engendrados a partir de animal alguno, sino a partir de líquidos en putrefacción (en algunos casos, a partir de sólidos); ejemplos de éstos son las pulgas, las moscas y las cantáridas”.

Muchos siglos después, durante el XVII y XVIII después de Cristo, científicos como el italiano Francesco Redi (1626-1697) demostraron que las larvas que se observaban durante la putrefacción de la carne se formaban a partir de huevos depositados anteriormente por moscas y no por generación espontánea, como se creía hasta entonces.

Un siglo más tarde, otro naturalista italiano, Lazzaro Spallanzani (1729-1799), demostró también que los minúsculos animálculos que se formaban en las infusiones (llamados por eso “infusorios”) se originaban en realidad a partir de progenitores semejantes a ellos y no por generación espontánea de la materia. No obstante, tales ideas no desaparecieron del todo hasta el siglo XIX, gracias a que el químico y bacteriólogo francés, Louis Pasteur (1822-1895), demostró lo mismo en relación a las bacterias.

La teoría de la generación espontánea de la vida quedó así refutada gracias a los experimentos de Pasteur y, por tanto, el problema del origen de la vida en la Tierra quedó relegado durante medio siglo hasta que el darwinismo volvió a ponerlo de moda, pero lo hizo cambiándole el nombre. En vez de “generación espontánea” se creó el término biopoyesis, que significa literalmente “paso de lo inorgánico a lo orgánico”. Lo que se pretendía era indicar que, aunque hoy ningún ser vivo se origina por generación espontánea, al principio, durante la supuesta evolución lenta de la materia orgánica a partir de la inorgánica (evolución química), debió darse dicha transformación hasta que aparecieron las primeras células.

El mito de la generación espontánea

Hasta el siglo XIX prevaleció la creencia en la generación espontánea de la vida. Se pensaba que las moscas y otros insectos se originaban directamente a partir de la materia en descomposición. Sin embargo, los experimentos de Louis Pasteur y otros naturalistas anteriores a él demostraron definitivamente que esto no era así. En la imagen, ejemplar de mosca, Hemipenthes morio, alimentándose sobre una flor de Cistus.

Los experimentos de Alexandr I. Oparin (1894-1980), John B. S. Haldane (1892-1964) y otros contribuyeron a proporcionar un marco teórico y los estudios sobre el origen de la vida se actualizaron. Sin embargo, a pesar de los numerosos esfuerzos realizados hasta el presente, la hipótesis evolucionista de la biopoyesis se enfrenta a numerosos inconvenientes lógicos y químicos que hasta hoy no han sido convenientemente resueltos.

Cuando Grecia fue conquistada por Roma, la cultura helena fue también asimilada por el Imperio romano. Y así, en la obra de otro antiguo poeta y filósofo romano, Tito Lucrecio Caro (99-55 a.C.), pueden observarse ideas evolucionistas como la lucha por la vida y la supervivencia del más apto, tomadas a su vez de otros filósofos presocráticos anteriores a él. En su De rerum natura (De la naturaleza de las cosas), Lucrecio escribe: “Y entonces fue preciso que perecieran muchas especies, y que no pudiesen reproducirse y propagar su vida; porque los animales existentes que ves ahora, sólo se conservan o por la astucia, o la fuerza, o la ligereza de que ellos al nacer fueron dotados”.

En cuanto al origen del ser humano, Lucrecio considera que, como el resto de las especies, habría surgido de la propia Tierra de manera natural: “Y la Tierra aun entonces se esforzaba por sacar animales de figura y de disposición extraordinaria.” Los humanos primitivos “el uso no sabían aún del fuego, ni el de las pieles, ni cubrirse el cuerpo con despojos de fieras; antes se iban a los bosques (…) metiendo entre hojarasca sus miembros asquerosos, (…) ni leyes ni morales relaciones entre sí establecer ellos sabían.” Y, “cuando por fin, supieron hacer chozas, y de pieles y fuego hicieron uso, cuando la mujer y el hombre aparte se fueron a vivir en compañía, (…) entonces empezó la especie humana.”]

Lucrecio se refiere incluso al origen del lenguaje como un don otorgado al hombre por la Naturaleza. Con lo cual, ésta adopta connotaciones de inteligencia: “Enseñó al hombre la Naturaleza las varias inflexiones de la lengua, y la necesidad nombró las cosas. (…) Pues si las diferentes sensaciones al animal obligan, siendo mudo, a proferir sonidos diferentes, ¿cuánto más natural es que haya el hombre podido designar diversas cosas entonces con sonidos peculiares?” No cabe duda de que la teoría darwinista del siglo XIX hunde sus raíces en este antiguo suelo naturalista del mundo clásico.

– Página web: https://protestantedigital.com/conciencia/64196/el-mito-de-la-generacion-espontanea


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