Incomparable

Escrito por el 12 de abril de 2022

Los testimonios documentales de la cultura antigua son muy frágiles, la mayoría se ha perdido en el pozo de la historia. Uno de los fragmentos escritos más antiguos que se conserva de la Odisea de Homero, compuesta en torno al siglo VIII antes de Cristo, es una placa de arcilla del siglo III después de Cristo.

Son 13 versos referidos a una conversación entre Odiseo (Ulises, en latín) y su leal Eumeo. Este pequeño fragmento en arcilla del gran clásico fue descubierto hace pocos años cerca del santuario griego de Olimpia. Las copias más antiguas conservadas de la Odisea y de la Ilíada son de entre ocho y diez siglos después de su redacción.

Lo mismo puede decirse de los otros textos clásicos: las copias que se conservan son de muchos siglos después de su primera circulación. El manuscrito más antiguo de la Guerra de las Galias de Julio César, por ejemplo, es de unos mil años después del original perdido. Los manuscritos de Tucídides, Heródoto o Platón rondan los mil trescientos años de distancia respecto de los originales extraviados. Ahora bien, existe una excepción muy notable a esta regla. Un clásico del que no se conservan los primeros manuscritos, pero sí copias enteras y fragmentos datados solo entre 80 y 250 años después.

Son cuatro narraciones que explican la vida de un judío que, en tiempos del emperador Tiberio, predicó por las tierras de Palestina. Decía que hay que amar al amigo y al enemigo. Decía que los humildes heredarían la tierra. Defendía a las prostitutas, acogía a todos, especialmente a los pobres, pero también al traidor y hasta a un militar invasor. Curaba a enfermos, expulsaba a los mercaderes del templo. Fue torturado. Crucificado. Tales narraciones son conocidas con el nombre griego de evangelio, que significa buena noticia.

Acogía a todos: a los pobres, pero también al traidor y hasta a un invasor

Las pruebas documentales de los textos cristianos son relevantes por comparación. Para justificar la veracidad de textos que la sociedad contemporánea aplaude sin cuestionar, la filología y la filosofía clásicas han tenido que realizar trabajos mucho más complejos y arduos que los que reclaman los Evangelios. Ello no impide que Platón, Sócrates o Plutarco sean aceptados sin problemas como fundamentos de la cultura occidental. Por el contrario, la parte judeocristiana del legado occidental, siendo tan clara y directa, genera no solo rechazo o indiferencia, sino un suplemento de desprecio.

Reducida a mera invención obsoleta en los dominios de la alta cultura europea, ha suscitado fantasías sin fundamento en la cultura popular (debido a operaciones sensacionalistas tipo Código Da Vinci ). Los Evangelios expresan una creencia que puede compartirse o no, pero son el pilar de una cultura que ha determinado dos milenios de historia y ha impregnado la humanidad contemporánea con valores esenciales: la igualdad y dignidad de todas las personas, el deseo de fraternidad, el deber de la solidaridad.

Una corriente muy fuerte pugna por eliminar de nuestras sociedades el legado cristiano, descrito como mitología obsoleta, aburrida y contraria al hedonismo. Pero sin este legado no solo no podemos entender la historia del arte y del pensamiento, sino que, huérfanos de referencia, nos estamos convirtiendo en imitadores involuntarios de Adán. Condenados a inventarlo todo de nuevo. Empezando por el pecado y la culpa, sin cuya conciencia el ser humano quizás vive menos presionado, pero también más predispuesto a practicar o fomentar, sin inmutarse, todo tipo de excesos y barbaridades.


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