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Egipto era en ese momento un pueblo invencible con recursos inagotables. Los hebreos eran un pueblo que había crecido bajo el alero egipcio y eran tratados como esclavos. Los azotes que cayeron del cielo fueron manifestaciones sobrenaturales de la justicia de Dios, pero no eran ajenos a las condiciones naturales y sociales de la vida de Egipto.

Debemos tener cuidado en pensar que las plagas son el resultado del capricho de Dios. No vemos en la Biblia que Él haya derramado estos eventos para luego llamar a la reflexión a Faraón. Nuestro Dios habla antes de obrar:

“Moisés y Aarón fueron a Faraón, y le dijeron: Así dice el SEÑOR, el Dios de los hebreos:”¿Hasta cuándo rehusarás humillarte delante de mí? Deja ir a mi pueblo, para que me sirva.” Porque si te niegas a dejar ir a mi pueblo, he aquí, mañana traeré langostas a tu territorio” (Éx. 10:3-4).