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El dolor tiene un propósito. Siempre. Aunque no lo entiendas ahora; aunque las lágrimas te impidan ver los brazos abiertos de Jesús. Dios te consuela, para enseñarte a consolar. Fuiste colocado en este mundo con el propósito de ser un agente de consolación.

Las personas sufren; lloran; se desesperan. No saben adónde ir en busca de ayuda. Y Dios te hizo un rayo de esperanza entre las tinieblas del dolor ajeno.

¿Qué podrías decir a la mujer desesperada porque el esposo la abandonó, si en algún momento no hubieses, también, tenido tus días de lágrimas y de soledad? Por eso, no desesperes si hoy el dolor tocó a la puerta de tu vida. Dios está ahí, cerca de ti, consolándote, aunque no lo veas. Está ahí, enjugando tus lágrimas, porque “él te consuela en todas tus tribulaciones, para que puedas también tú consolar a los que están en cualquier tribulación, por medio de la consolación con que eres consolado por Dios”.