Un profesor de La Sorbona se atreve a decir que a los ideólogos de género les falta un tornillo. Somos pocos los que, muertos de miedo, nos hemos atrevido alguna vez a decir que teorías como la de Género o la que proclama los derechos de los animales no es que sean erróneas, es que son de psiquiátrico. Directamente. Lo hemos hecho siempre con la boca pequeña, que la nueva Gestapo tiene mil ojos y los delatores están dispuestos a señalarte con el dedo para hacer méritos ante el sátrapa de turno, cobrarse la recompensa y colocarse la medalla de ciudadano modelo.

De ahí, la paz que nos da ver que un filósofo se ha atrevido a ponerle el cascabel al gato, titulando en términos psiquiátricos un libro sobre el generismo, el animalismo y la eutanasia: “La filosofía se ha vuelto loca”.

Ni es de Vox, ni es de Trump. Se trata de un profesor de Filosofía Contemporánea de La Sorbona, y además especialista en Historia de la Ciencia: Jean-François Braunstein. Los franceses, ya saben ustedes, de vuelta de todo, han sido capaces de superar el narcisismo de mayo del 68 y ahí tenemos una pléyade de intelectuales que ponen al nihilismo frente a sus contradicciones: Pascal Bruckner, Alain Finkielkraut, Gilles Lipovetsky, Fabrice Hadjadj o este profesor Braunstein.

Incluso hay algún español nada sospechoso de carca, como Fernando Savater, que reconoce que la filosofía “se presta a la genialidad, pero también a los desvaríos”, y elogia el libro de Braunstein al que califica de “excelente” porque explora “tres dislates del pensamiento actual peligrosamente populares”.

Porque peligrosas han demostrado ser la noción de género, popularizada por John Money en 1972 o la fluidez de de los géneros de Judith Butler; o el especismo de Peter Singer, que le ha llevado a proclamar los derechos de los animales, la licitud de la zoofilias, y ya de paso las relaciones sexuales con niños (¿por qué no?); o el entusiasmo con el que posthumanistas como Robert Freitas defienden la eutanasia, para terminar con ese “holocausto humano” que es “la muerte natural”.

Esas teorías, disfrazadas de buenos sentimientos (benevolencia universal, amar al diferente, esquivar el dolor) tienen no solo “conclusiones absurdas, sino abyectas”. Porque, como argumenta Braunstein en su libro, si el género no tiene nada que ver con el sexo, ¿por qué no cambiarlo todas las mañanas? o ¿por qué no pedir que se nos amputen miembros sanos que no se corresponden con la imagen que tenemos de nuestros propio cuerpo?; si no hay diferencias entre animales y humanos ¿por qué no tener relaciones sexuales “recíprocamente satisfactorias”?; si se elige interrumpir vidas indignas de vivirse ¿por qué no acabar con los niños defectuosos o no deseados?

Y son un peligro público señores como Singer o Money, o Hugo Englehardt, que sugiere que los experimentos médicos se hagan antes en enfermos con el cerebro dañado que con animales no humanos; o señoras como Judith Butler o Donna Haraway -la de la teoría del cyborg, que describe emocionada los “besos profundos que se dan ella y su perra para borrar las ‘barreras de especie’”-. Por más que gocen de prestigio científico y ocupen cátedras en universidades como la John Hopkins, Berkeley o Princeton.

Lo inquietante es que estas chaladuras mentales -por seguir el título del libro– están en la agenda de los legisladores y los partidos políticos. Recordemos que el proyecto del Gran Simio, que nos equipara con gorilas, chimpancés y orangutanes, fue suscrito por Zapatero; que la eutanasia figura en el programa de Pedro Sánchez; y que las leyes LGTB han sido respaldadas por todas las formaciones (con la honrosa excepción de Vox).

Y la sociedad ha tragado sin rechistar. Por ignorancia, por falta de sentido crítico, por conformismo… o porque se telealimenta de telediarios teledirigidos. Como subraya Braunstein, una mayoría de ciudadanos europeos se declara favorable a que el Código Civil reconozca la naturaleza “viva y sensible” de los animales; y una mayoría de franceses está a favor de que los médicos pongan fin a la vida de enfermos incurables si lo piden, “sin tener en cuenta a los moribundos a los que parece que se ha olvidado consultar”. Con el género hay menos unanimidad: sólo el 53% está a favor de que en la escuela se imponga. Pero todo se andará…

La población se traga estos cuentos pretendidamente científicos con similar papanatismo con la que una sociedad culta como la alemana se tragó la superioridad de la raza aria y el derecho a cepillarse a judíos, gitanos y homosexuales.

La comparación no es nada exagerada, si reparamos en que el infanticidio, al que Joseph Fletcher llega a llamar “aborto postnatal”, se ha convertido en “un topos clásico de la discusión de filosofía moral, cuando hasta ahora era un asunto reservado a los oficiales de las S.S.”, explica Braunstein en su libro.

El autor señala que todas estas teorías parten del mismo prejuicio: la repugnancia por el cuerpo humano, que equivale a decir por la dignidad de la persona. Algunos como Foucault se abonan al platonismo, considerando el cuerpo como prisión del alma, una fea carcasa de la que se avergüenzan y pretenden superar. Olvidan una obviedad, que la persona es un quién, no un qué, que no puede ser manipulada como si fuera una cosa. Singer o Butler debieron hacer novillos cuando explicaron a Kant en clase.