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¿Para qué sirven los Diez Mandamientos? Dios no nos dio los Diez Mandamientos para ofrecernos la posibilidad de sumar puntos para ganar el cielo. De hecho, nadie jamás se salvó por obedecerlos. Tal vez sea este el error más grande y más extendido relacionado con ellos.

Pero entonces ¿para qué sirven?

Hay tres aspectos que nos ayudan a entenderlo.

En primer lugar, el decálogo se dirige a todos los hombres en términos generales. Informan a todo el mundo sobre la naturaleza de Dios y su voluntad. Además, esta información es vinculante, no orientativa.

En este contexto hay que aclarar otra idea equivocada: da perfectamente igual si una nación, un grupo de personas o un individuo explícitamente profesa su fe en el Yahweh o no. Las Diez Palabras son la vara de medir para todo el mundo. Pablo lo deja muy claro: incluso si alguien no tuviera a mano una copia escrita, Dios hizo una copia de seguridad y la distribuyó en nuestros corazones1.

Dios ha escrito estos mandamientos también en la conciencia humana.

Por lo tanto, no es ni muchísimo menos un desafío a los Diez Mandamientos de la Biblia que por ejemplo el rey Hammurabi de Babilonia publicara un código legal 300 años antes de Moisés que en algunos aspectos es similar al decálogo - aunque mucho más extenso. Lo mismo se aplica al código de Ur-Nammu que data del año 2150 aC. Ambos documentos reflejan - aunque de forma torcida - lo que Dios ha escrito en la conciencia humana. Y cuando personalmente escribe los Diez Mandamientos y los entrega a Moisés queda definitivamente claro lo que Dios quiere y lo que no.

Esta es precisamente la razón por la que en el Antiguo Testamento no solamente se proclaman juicios sobre Israel y Judá por su desobediencia a la voluntad revelada de Dios, sino también sobre Babilonia, Egipto, Fenicia, Asiria, Etiopia y otras naciones. Uno no escoge a su legislador. La ignorancia no exime de la responsabilidad.

La Ley de Dios restringe la extensión del pecado y favorece lo bueno. Es así hasta el día de hoy. Las constituciones de muchas naciones implícitamente están basadas sobre los Diez Mandamientos. Así se demuestra la gracia de Dios con todo el mundo en general. Por poner un ejemplo: en todas las constituciones nacionales se considera la vida humana como digna de ser protegida, por lo menos sobre el papel. Matar a una persona tiene consecuencias penales. Si las leyes y constituciones humanas reflejasen por ejemplo, la ley islámica o los principios del hinduismo, la vida en este mundo sería muy distinta. Y quien no lo cree lo entenderá después de haber vivido un tiempo en un país donde rige la sharia.

En segundo lugar, el decálogo tiene una función específica para los no creyentes.

Sus diez preceptos hablan a su conciencia. Y además tienen una función de la cual hoy no se habla mucho: condenan, porque nos demuestran nuestra propia incapacidad de vivir a la altura de lo que Dios exige, que es nada menos que la perfección. Es la razón por la que Martín Lutero insistió en que hay que predicar la Ley antes de predicar el evangelio. Antes de anunciar la salvación hay que saber de qué nos salvamos y por qué. En este sentido, los mandamientos de Dios preparan la gente para la gracia de Cristo, mostrándoles su situación verdadera delante de Dios. La Ley en este sentido es como un espejo que nos muestra nuestra situación real delante de Dios. Estamos en enemistad contra Dios, incapaces de cumplir sus mandamientos y ni siquiera estamos deseando cumplirlos. La consecuencia es la oración desesperada: "¡Miserable de mí! ¿Quién me librara de este cuerpo de muerte?"

Los que no se convertirán serán juzgados en base a la ley de Dios y así, no tienen excusa. La Ley se convierte en el acusador contra ellos en el día del juicio.

Y en tercer lugar, los Diez Mandamientos tienen una función importante para los creyentes.

El creyente no está bajo la Ley como condición para la salvación. Y la Ley ya no le puede condenar por los méritos de Cristo que se le aplican. Pero nuestra obediencia a Cristo se muestra en el cumplimiento de sus mandamientos y es una señal de que realmente hemos nacido de nuevo. Para el creyente es un placer obedecer a la voluntad de Dios. Pero esto se debe únicamente a la obra del Espíritu Santo en nuestras vidas y es, por lo tanto, una consecuencia de haber nacido de nuevo.

Esto nos lleva a un aspecto fundamental de los diez mandamientos: la Ley y el amor.

El amor y la ley no se oponen: son aliados

El amor y la Ley no se oponen, más bien son aliados. La Ley sin amor es legalismo y amor sin Ley es sentimentalismo. Y no es cosa solo del Antiguo Testamento. Juan establece en su primera epístola una clara conexión entre ambos.

La Ley necesita al amor como impulso, pues de lo contrario acabamos en el fariseísmo y legalismo que considera como las reglas más importantes que las personas. El "amor" sin la corrección de la Ley lleva al libertinaje. El amor necesita la Ley como el cuerpo los ojos, porque el amor cristiano sin la Ley se queda ciego.

El verdadero amor por Dios y el prójimo se refleja en el cumplimiento de su voluntad. La Biblia dice: "Este es el amor de Dios, que guardemos sus mandamientos"3. Guardar los mandamientos es la única manera verdadera de amar al Padre y al Hijo y la única manera verdadera de amar al prójimo.

En la Ley, Dios nos revela su carácter y reglas para nuestra conducta. Él nos enseña lo que es una vida que le agrada. Así nos enseña el libro de Levítico: Santos seréis, porque santo soy yo Yahweh vuestro Dios4. La versión en el Nuevo Testamento la tenemos al final del capítulo 5 del sermón del monte en el evangelio de Mateo: “Sed, pues, vosotros perfectos, como vuestro Padre que está en los cielos es perfecto.” Dios quiere que los suyos le reflejen en su carácter. De tal palo, tal astilla.

A Dios le agrada que su pueblo viva en consonancia con su carácter. Por lo tanto, la ética situacional, la cual se adapta a las circunstancias, es un gran peligro para la vida de un creyente, porque impide la práctica de las verdades eternas de Dios. Esta idea considera al Decálogo - igual que al resto de las enseñanzas de la Biblia sobre la conducta - como una regla aproximada. Pero los adeptos de la ética situacional enseñan que todas las reglas tienen excepción si creemos que con ello hacemos un mayor bien a la persona. Por ejemplo: la mentira está mal, pero si uno miente para hacer bien no hay problema.

Los mandamientos nos enseñan cómo vivir en armonía y en consonancia con el carácter de Dios

Así que, según este punto de vista, en toda situación lo importante es saber si el cumplir la Ley es realmente lo mejor que podemos hacer. Nuestro comportamiento depende entonces de una situación concreta y no de un mandamiento universal y eterno. Por lo tanto, la vida moral se vuelve una especie de sesión de música improvisada en la cual cada uno toca la melodía que cree mejor y no la que hay en la partitura. En otras palabras: se abre las puertas al relativismo porque la ética situacional simplemente dice que el fin justifica los medios.

Entonces, volvemos a la pregunta del inicio de este artículo ¿Para qué sirven los Diez Mandamientos? Son nada menos que la vara de medir del comportamiento humano y por supuesto la base de la ética cristiana. O dicho de modo más sencillo: nos enseñan cómo vivir en este mundo en armonía y consonancia con el carácter de nuestro Padre Celestial.