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Refería Jorge Luis Borges en uno de sus numerosos —y deliciosos— apuntes bibliófilos un ensayo de Bernard Shaw en el cual, cuando el fuego amenaza la Biblioteca de Alejandría y alguien le advierte al César de que, si no hacen nada, arderá la memoria de la Humanidad, este responde: "Déjala arder, es una memoria de infamia". Y apostilla el escritor argentino: "El César histórico, en mi opinión, aprobaría o condenaría el dictamen que el autor le atribuye, pero no lo juzgaría, como nosotros, una broma sacrílega.

La razón es clara: para los antiguos, la palabra escrita no era otra cosa que un sucedáneo de la palabra oral". El fuego que habría devorado el gran archivo del saber antiguo nos conmueve porque para nuestra cultura el libro sigue poseyendo un poder mitológico indestructible, mientras que los hombres del pasado lo consideraban en realidad un pariente pobre de la palabra hablada, la única que permite apreciar en toda su profundidad el verdadero sabor de las historias. Pero ¿y si el mito va más allá? ¿Y si en realidad el fuego no destruyó la Biblioteca de Alejandría?

Richard Ovenden (1964) es un bibliotecario británico legendario que, tras haber regido los destinos de algunos de los principales recintos bibliográficos de Reino Unido, ocupa hoy el cargo de alto ejecutivo de las Bibliotecas Bodleianas de la Universidad de Oxford. También es el autor de un libro tan emocionante como desolador que acaba de ser traducido en nuestro país por Silvia Furió: 'Quemar libros. Una historia de la destrucción deliberada del conocimiento' (Crítica).

En la línea de otros títulos ya clásicos como 'Historia universal de la destrucción de los libros', de Fernando Báez, o el superventas 'El infinito en un junco', de Irene Vallejo, Ovenden persigue en estas páginas la desagradable afición de aniquilar libros que los seres humanos hemos cultivado con nocturnidad y alevosía casi desde el mismo momento en que comenzamos a escribirlos.